Thursday, April 17, 2014

Abuelos adoptivos: hasta siempre Gabo


Les explico qué pasa. Yo nací sin abuelos; el paterno, gallego, murió siendo mi padre aún pequeñito y el materno poco antes de que Felipe González ganara las elecciones del 82.
Crecí con amigos que me hablaban de sus abuelos y de los consejos que les daban, de las historietas, de lo que aprendían sin quererlo sobre la vida. Y aunque sí conocí dos abuelas maternas que soslayaron en parte esa falta, nunca tuve esa figura tan entrañable: el abuelo.
Nunca pude repasar con ellos cómo era la guerra en vivo y en directo, cómo era que se te llevasen en un camión los falangistas, ni pude tener una conversación de política, cómo vivieron la legalización del PC, o como, en el caso del materno, fue siempre un adelantado a su época y tuvo tan claro que las mujeres eran iguales que los hombres y que sus hijas tenían que ir a la universidad sí o sí.

No tuve todo eso. Por ello, me tuve que buscar ese tipo de cosas en los libros y ha habido (o hay) figuras que escribieron historias maravillosas que marcan mi vida. Las letras, la imaginación, inventar, emocionar… todo ello forma parte de un mundo muy mío en el que he sido pasivo y en el que siempre quise estar de manera activa. Es quizás por todo esto que cada vez que muere un Sampedro o un García Márquez me afecta de una manera especial. Porque son como abuelos que me han educado, me han contado anécdotas, me han hecho imaginar hechos y mundos antiguos, me han hablado de justicia, de muerte, de amor, de cariño hacia los nietos, han ensalzado la sabiduría de los mayores erigiéndola como un pilar (como lo que la Historia debiera ser), pero sobre todo, me han hecho entender dos cosas: que el mundo es grande y que hay que conocerlo, y que a veces ese mundo no es suficiente por feo o falto de sentimientos y que entre las cubiertas de un libro podemos vivir todo aquello que nos falta.

Gabo me enseñó que la vida decepciona, así me pasó con la que se considera su obra maestra Cien años de soledad, pero en ese mismo libro me enseñó ternura con Úrsula de Iguarán como lo hiciera Salvatore en su momento, también la belleza del lenguaje que puede desanudar el más macabro de los líos, los desastres de la guerra… Con Crónica de una muerte anunciada aprendí que a veces la esperanza no es suficiente para salvar la vida y que ésta siempre acaba.
Más en general saqué de él la lección de que Latinoamérica es un sitio al que ir y visitar, que hay que quererla y respetarla y dejar que crezca y se desarrolle en paz y por sí sola. Descubrí que el arte es comprometido y que los valores no son papel mojado para algunas personas.

Es por eso que tengo que dar las gracias a Gabo (como a tantos otros), por ser ese abuelo que me faltó de chico. Es curioso pero se va a unos meses de que empiece una andadura nueva, precisamente por allá donde se nos va. La vida siempre tiene estos círculos, como en Macondo.

Hasta siempre Gabo.

Thursday, March 27, 2014

A Carola


En esta nublada noche te escribo Carola porque ya no estarás. Hoy no me dejas descansar a tu lado mientras tu respiración me arrulla en el fantástico mundo de los  sueños. ¿Y mañana?… Mañana Dios dirá.

Me escuecen como cicatrices los trazos que las yemas de tus dedos dejaron sobre mi piel, se queman mis pupilas al recordar la profundidad de tu mirada y poco a poco voy sintiendo que mi momento ha llegado: es hora de que vuelva a ser ese búho encaramado al papel y sus falsos recuerdos.

Fui cobarde por desamor, pero hoy… hoy querida Carola, quiero que sepas que me arrepiento. Me arrepiento de no haber guardado los hilos de seda con que adornabas mis labios, lamento haber perdido la nube en que me dejaba descansar al abrigo de tu calidez; protegido del mísero y del dolor.
Extraño tus caminos para hacerme entender, echo en falta el mar cayendo contigo envuelta en las sombras.

No tendremos nuestra pequeña verde y roja, no vislumbraremos la belleza del blanco  dividido bajo el moteado morado.
No volveré a oler las flores impregnadas en mi ropa.
No reptarán por tu espalda fugitivos susurros de esperanza.

Sin embargo quiero que sepas, querida Carola, que habitarás allá donde Jara aún hoy se encuentra con Amanda; en ese punto entre el norte y Madrid que canta Serrano, en las ‘tendres paraules’ que Serrat dedica a su primer amor.

No pido mucho, porque la vida poco me dio, pero si se me concediese un deseo, querría que la edad me respetase sólo eso, te respetase. Que ese pequeño jardín en medio del desierto no se aje y no desaparezca; porque mientras este allí, todo lo bueno es posible.


Marcos.

Thursday, February 27, 2014

El último viaje.

Este texto es un trabajo de clase en el que teníamos que hacer una reflexión sobre un documental que emitieron en Documentos TV hace unos pocos años, El último viaje.
No lo compartí antes porque quería hacer un taller y necesitaba que los asistentes a él no lo vieran antes, pero ahora me parece interesante que todo el mundo lo vea, y quizás de paso, sirva para que todos pensemos un ratito.

*****

Mi hija duerme a mi lado desde hace unos días. Hacía tiempo que no pasaba, desde que era una niña pequeña y yo le contaba cuentos sentado a su lado después de arroparla. ¡He tenido tanta suerte de llegar a conocerla! Ha sido mi maestra durante toda mi vida, me ha enseñado a querer incondicionalmente, a perdonar malos días (que todos los tenemos), a superarme por duras que fueran las situaciones, a aconsejar y ser aconsejado. Y la lección más importante de mi vida, o al menos la que será la última gran lección que aprenda: todos los que un día cuidamos tenemos muchas papeletas para acabar siendo cuidados. Así es la vida, envejecemos, enfermamos y en esa última parte previa a nuestra muerte, tienen que cuidarnos.

Ahora tengo setenta años, luchaba hasta hace muy poco contra un cáncer de hígado que me tapaba unos canales o algo así. Recuerdo el día que me informaron de mi enfermedad, yo llegué al hospital por mi propio pie con mi hija de la mano porque estaba amarillo. Me ingresaron para “hacerme alguna prueba de nada, estese tranquilo”. ¡Já! ¡Sí ya lo estaba! Justo eso me hizo empezar a pensar mal.

Estuve unos días ingresado, hasta que finalmente mi médico me dijo que tenía cáncer. Una vez, no lo volvió a llamar así. Me explicó que había tratamiento, que lo empezaríamos después de ajustar un poco la analítica porque habían salido algunas cosas un poco mal, y que en cuanto pudiéramos nos pondríamos a tratar la enfermedad. Sin mediar pausa hizo un gesto a mi hija para que saliera con él. No sé lo que le diría, pero cuando entró apenas podía contener las lágrimas. Yo estaba en shock y cuando me recuperé, sólo podía pensar en la tristeza de mi hija. ¿No había sido suficiente crecer sin madre que ahora tenía que llorar por mí?
A los pocos días me dijeron que tenían que operarme para liberar esos canales y así quizás, con suerte, empezar la quimio para el tumor. Todo salió bien, y la iniciamos. Yo “era afortunado” porque “sólo” tenía que tomarme una pastilla, por lo que podía estar en casa. Las heridas, que se me cayese el pelo, las nauseas… eran efectos secundarios duros, sí, pero “tenía suerte”, “sólo era una pastilla”.

Así estuve un año y medio. Me felicitaban por la resistencia que tenía. Y yo pensaba en que para aguante el de mi hija, con una familia que atender, un trabajo que mantener y ella me dedicaba todas las horas que podía y más, con una paciencia infinita. Me llevó a vivir con ella, quería devolverme todos los años que había estado cuidándola mientras crecía. “Ahora me tocaba a mí”. Me ha dado de comer cuando me han hospitalizado, dormía en el sillón para irse a trabajar después, me trataba con cariño y siempre que podía, lo hacía sin pena, como si no estuviera enfermo, aunque los dos sabíamos que sí.

Desde hace seis meses cambié de doctor, fue en mi última hospitalización antes de ésta. Ahora me iba a llevar un médico especialista en este tipo de situaciones. Él me iría ajustando el tratamiento según las necesidades lo requiriesen. La primera vez que lo vi quiso hacerse una idea de lo que sabía. Después de hacer un resumen de todo lo que había pasado, se sentó a mi lado en la cama, nos miró a mi hija y a mí y nos explicó que la medicación había dejado de funcionar. La enfermedad, que en su momento había parado de crecer, había vuelto a avanzar. Y esperó. Se quedó allí sentado, con una mano sobre mi pierna y cuando las lágrimas no pudieron contenerse más me apretó con fuerza la pierna, y mi hija igual, pero en la mano. Estuvo un buen rato, me dijo que podía usarlo cuando lo necesitase y que haría todo lo posible porque me sintiera a gusto. Llevo seis meses en los que he tenido que visitarlo más de la cuenta, pero ha hecho que sea menos doloroso tener que venir al hospital.

Y aquí estoy, sé a ciencia cierta que ésta es mi última hospitalización, lo sospechaba, pero cuando se lo pregunté a mi médico me dijo que estaba “complicado, sí”. ¡El pobre! No sabía cómo decirlo.

Estoy bien, tranquilo. Quería aclarar mis ideas y dejar constancia de algunos de mis últimos pensamientos. Quiero dar las gracias a Juan, mi médico, que me ha acompañado estos últimos seis meses en mi último viaje. Y a mi hija, que además de acompañarme, me ha aliviado cuando lo he necesitado y ha curado las heridas de mi corazón. No al final, sino durante mi enfermedad.


Mi nieta me dice que quiere ser médico de mayor, y me hace muy feliz poder darle un último consejo: escojas la especialidad que escojas, ten un poco de paliativista dentro de ti.

Sunday, January 26, 2014

Alumbramiento.

Antes de leer la siguiente reflexión es interesante que veas el siguiente corto que dura tan sólo 16 minutos. No te dejará indiferente.


Alumbramiento. Eduardo Chapero-Jackson.

Agonía: angustia y congoja del moribundo; estado que precede a la muerte.

Esta es la primera definición que aparece en el DRAE si se busca la palabra agonía. Existen otras acepciones que definen procesos vitales no relacionados con la muerte, pero esa es la primera.

Se podría asumir, y bajo esta premisa funciona la RAE, que el lenguaje es un reflejo de la sociedad en la que vivimos. Es por ello, que incluye palabras en función del uso que la población le dé y en el sentido que ésta le dé.

Pues si analizamos la frase con la que iniciaba esta reflexión podemos estar bien tristes de la concepción que tenemos actualmente en nuestra sociedad (y creo que se podría englobar a todo Occidente) de la muerte.
Lo único que sabemos cuando nacemos es que vamos a morir; todo lo demás es una incógnita, y la única certeza que tenemos, es la que más pavor nos da.

La angustia y la congoja no deberían ser la regla general que preceda a la muerte, y mucho menos en una sociedad en la que ésta se produce fuera de casa, en el hospital, rodeados de personas que se enfrentan a ella cada día y que al menos sobre el papel, deberían estar preparadas para metabolizarla de una manera sana. Tal vez sí en aquellas ocasiones en las que viene de manera repentina, en las que por el motivo que sea, es imposible evitar ese sufrimiento. Pero casi nunca en aquellos fallecimientos que vienen con un pronóstico de lejos.

El fracaso del médico no es que el paciente muera (salvo excepciones como el error médico), sino que lo haga sufriendo, ya sea física, o metafísicamente. Quizás la primera tenga más fácil solución, pero la segunda es igual o más importante aún.

En este documental se refleja muy bien ese miedo a la muerte por parte de los familiares, y es esto lo que tanto hace padecer a la protagonista a quien lo único que consigue aliviarle el dolor que sentía es la seguridad de una muerte cercana.

A priori, creo no tener miedo a la muerte, sin embargo, me espanta la idea de que pueda ser consciente de un sufrimiento previo, del tipo que sea.

Quisiera tener la seguridad como futuro profesional que sabré tratar la angustia siempre que sea posible. Creo en el derecho a morir, que pertenece a cada persona. Tranquilo, cuando uno considere que ha llegado su hora y esté en paz con la vida (siempre que sea posible).

Saturday, December 14, 2013

Perdido

Como un re en medio de un pentagrama
como un lobo en la vieja ciudad,
como una persona algo enredada
como una flor sin caducidad.

¿Qué es lo que quieres de mí princesa?
¿Un poco de sentido común?
Tu esperanza es que olvide mi empresa
enterrada en un triste baúl.

Como el viento tan voraz sin rumbo
como una luz sin siquiera lumbre,
como una convicción tras un bulo,
como un héroe sin hazaña, lúgubre.

¿Acaso pude elegir destino?
¿Quizás quiera una justa condena?
Por ahora no sé qué es el tino
de vivir amor feliz sin pena.

Como un conejo sin madriguera,
como un parchís sin piezas azules
como un postre sin azucarera
como un país rico sin gandules.

Así me encuentro mientras te sueño
tranquilo arropado por tu lecho.
Como un farsante pobre y sin techo,
como un amor sin cura, deshecho.