Monday, September 16, 2013

Una Historia en la Antigua Grecia


Recibí la espada de Damocles como quien recibe un tesoro. Divina joya de la antigua Grecia, ¿dónde estuviste todos estos años? La habían envuelto en papel de seda e introducido en una caja bastante aparatosa, más o menos como para almacenar el doble del contenido real. Y es que, ¡cuán diferente es la realidad de las apariencias!

Mi nombre es Aaron, iluminado para actuar en el momento apropiado y oportuno según mis intereses y aquello que quiero buscar. Bendita ironía que siempre aparece para reírse junto con el dios destino.

Crecí bajo la sombra de ser el hijo de Hércules, todo un héroe que había conseguido desarrollar los doce trabajos. ¡Nada más y nada menos que un semidiós! Y mi madre... ¡Ay mi madre! Deyanira, qué se puede decir de ella, la pobre sucumbió a uno de los más primitivos sentimientos que todo ser humano puede tener. ¿Creen ustedes que yo podía salir normal? No, claro que no.

Por un lado tenía la obligación de superar aquello que mi buen padre había conseguido, vencer leones, hidras y demás criaturas y heroicidades. Por otro, debía mantener no sólo la cordura, sino mi personalidad. Y en estas condiciones, pretendía mantener el negocio familiar. Tirando de sangre y buen nombre había de perpetuar la fabulosa Atenas a salvo de cualquiera que quisiera romper la paz de sus bondadosos vecinos.

Durante los primeros años, con la resaca de la muerte de mis padres, apenas hacía falta hacer mucho. Es cierto que yo era un crío, pero claro, las noticias tardaban en llegar al resto de Grecia y los borrachos que no hacían más que preguntarte sobre tus más profundos principios para que erraras o los toxicómanos que hablaban sobre mundos a parte donde las ideas reinaban aún no se daban. Era en general una sociedad tranquila.

Sin embargo Cronos, ese malnacido desgraciado, se empeñó ya hace tiempo en utilizar la maldita hoz (la de problemas que dan estos instrumentos, ojalá se extinguiesen) de su caja de herramientas. Y los segundos, minutos y horas fueron transcurriendo por lo que no me quedó más remedio que crecer. Con ello, las probabilidades de que llegase algún monstruito a la ciudad iban incrementando.

Quiso el destino que coincidiendo con mi decimoctavo cumpleaños llegase mi Némesis (demasiado tiempo viviendo de las rentas). Una terrible bestia negra con una mancha blanca en la parte derecha de su labio superior llegó a la ciudad. En un comienzo pedía cosas bastante razonables comparadas con el coste que suponía el utilizar la fuerza contra ella. Primero solicitó, a cambio de la paz, el permitir mandar sobre el barrio más céntrico de Atenas. Toda la ciudad se reunió en el ágora sin más techo que el que brindaban los árboles. Allá acamparon durante setenta y dos horas hasta que se consiguió llegar a un acuerdo: se podía conceder el barrio central de Atenas siempre y cuando se celebrasen asambleas con asiduidad para ratificar el poder de la nueva líder.

Durante unos meses reinó la calma, pero pronto las peticiones de la bestia fueron aumentando. Exigió que se suprimiesen las asambleas, ya que teniendo en cuenta que ella era la líder, no parecía tener mucho sentido que tuviera que pedir aprobación de nadie para hacer lo que ella considerase oportuno. Luego fue la anexión de los barrios situados al sur del Central, puesto que siempre habían compartido fiestas populares en conjunto no se entendía por qué no podían continuar viviendo en común y se obligaba a sus poblaciones a vivir separadas.

Llegados a este punto de la historia recobro el protagonismo. Ya me habían avisado que la situación actual estaba adquiriendo tintes trágicos para el devenir no sólo de Atenas, si no de Grecia entera. Y que si había cualquier otro movimiento más por parte de la maldita bestia tendría que entrar en acción y procurar el bien de todos.

Os podéis imaginar cómo me sentó ese ultimátum disfrazado de necesidad. Cinco años habían pasado desde que la maldita llegase a la ciudad y casi nos habíamos acostumbrado a su presencia, cuando de repente, los ciudadanos se habían cansado de ella. Ya había avanzado mucho.

Por supuesto la bestia continuó e invadió el Este de la ciudad, y con ello, el vaso se desbordó. Se me instó a defender el honor de mi familia y de toda Grecia. Debía atacar a la bestia y vencerla yo sólo, y el único argumento que daban era que yo debía haber heredado algo de la fuerza y valor de mi padre, o al menos, lo suficiente como para vencer a la tirana que asolaba a nuestro pueblo y la paz griega. Perfecto.

Comenzó a sí una lucha encarnizada entre ella y yo en la que ninguno de los dos cedíamos terreno. El orgullo mal concebido propiciaba ataques arriesgados en los que ambos nos jugábamos la piel hasta que finalmente uno de los dos salió gravemente herido: yo. Un zarpazo de los muchos que lanzara había conseguido burlar mis reflejos para acabar atravesándome de alante a atrás y dejándome en un estado bastante grave.
La guerra estaba perdida.

Me arrastré hasta la casa de curas más cercana donde me dijeron que aunque no moriría, siempre sentiría el dolor de aquella punzada que me habían propiciado.
Ante tal noticia, y aunque parezca mentira viendo el contexto, sentí alivio. Nunca fui valiente, y nunca lo quise ser. Me resguardaba bajo un manto de prudencia para vencer las batallas que debía disputar. Pero cuando llegó el gran reto y fui derrotado, lo asumí y pasé página en cuestión de pocas horas. Me quedarían secuelas, sí claro, pero podía convivir con ellas, y además, Grecia estaba perdida. Merecía la pena vagar por el mundo buscando un lugar en el que resguardarme de los peligros del azar que me había deseado un destino que yo nunca había pedido. Ya era hora de tomar las riendas de mi vida.

Abandoné el país con lo puesto y bien tapado para no ser descubierto mientras cientos de columnas e imágenes de mis antepasados olímpicos caían pasto del poder de la bestia. No tenía nadie a quién acudir y por pertenencias sólo conservaba la reliquia de Damocles con la que siempre había librado mis batallas. La pasión que este arma transmitía me daba la confianza suficiente como para abordar cualquier reto y por eso era la única pertenencia de la que no me desprendía ni para dormir.

Vagabundeé durante meses hasta que finalmente encontré una pequeña villa coronada por lo que parecía ser un castillo. El lugar se llamaba Edilla. Las gentes de allí aunque rústicas y vagamente alfabetizadas, me recibieron con los brazos abiertos deseosos de mostrar el carácter afable y solidario que los dioses les habían proporcionado desde tiempos inmemorables. Aprendí sus gustos, su gastronomía, su lengua, sus tradiciones, en fin, todo aquello que fui capaz de absorber. Y allí me decidí a vivir el resto de mis días soportando la vergüenza del recuerdo y aspirando, quién sabe, a la felicidad.

Pero no, el destino no es afín a los que marchan de sus raíces.
Al tiempo de estacionarme allá comenzaron a acudir imágenes de mi antigua enemiga. En un principio no eran demasiado habituales, pero con el tiempo fueron siendo mas asiduas hasta que llegó un punto en el que formaban parte de mi vida diaria. Me asediaban a todas horas, por la mañana durante el trabajo en la huerta y por la noche cuando pretendía dormir. Quise evitar darle importancia, quise superar aquel escollo, me intenté convencer de que nada tenía que ver conmigo... Pero no sirvió. La realidad se fue apareciendo ante mí: yo no era nada sin aquel ser, hijo del inframundo, que había asolado mi tierra natal. Jamás hallaría paz si no me enfrentaba a mi pasado, al destino que me había dado la espalda.
Y fue tras esta reflexión que me decidí a dar media vuelta dejando todo para enfrentarme una última vez al monstruo de mi existencia, a la bestia negra de mancha blanca que empañaba cualquier opción de ser feliz.

Y así es como me encuentran ustedes: decidido, valiente y tranquilo. A veinticuatro horas de llegar a Atenas para enfrentarme a mi fortuna escribo estas páginas con la esperanza de hacer llegar a los que vengan detrás de mí que jamás deben renunciar a aquello que aman, que la mayor cobardía es no saber identificar los propios errores y enfrentarse a ellos por temibles que sean, que luchar y perder una batalla no es el fin de la guerra. No mientras que nuestros corazones bombeen sangre, no mientras haya un iluso dispuesto (equivocadamente o no) a morir por aquello en lo que cree, por aquello que quiso ser: un maldito feliz, héroe o no.

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