Recibí la espada de Damocles como quien
recibe un tesoro. Divina joya de la antigua Grecia, ¿dónde estuviste todos
estos años? La habían envuelto en papel de seda e introducido en una caja
bastante aparatosa, más o menos como para almacenar el doble del contenido
real. Y es que, ¡cuán diferente es la realidad de las apariencias!
Mi nombre es Aaron, iluminado para actuar
en el momento apropiado y oportuno según mis intereses y aquello que quiero
buscar. Bendita ironía que siempre aparece para reírse junto con el dios
destino.
Crecí bajo la sombra de ser el hijo de
Hércules, todo un héroe que había conseguido desarrollar los doce trabajos.
¡Nada más y nada menos que un semidiós! Y mi madre... ¡Ay mi madre! Deyanira,
qué se puede decir de ella, la pobre sucumbió a uno de los más primitivos
sentimientos que todo ser humano puede tener. ¿Creen ustedes que yo podía salir
normal? No, claro que no.
Por un lado tenía la obligación de
superar aquello que mi buen padre había conseguido, vencer leones, hidras y
demás criaturas y heroicidades. Por otro, debía mantener no sólo la cordura,
sino mi personalidad. Y en estas condiciones, pretendía mantener el negocio
familiar. Tirando de sangre y buen nombre había de perpetuar la fabulosa Atenas
a salvo de cualquiera que quisiera romper la paz de sus bondadosos vecinos.
Durante los primeros años, con la resaca
de la muerte de mis padres, apenas hacía falta hacer mucho. Es cierto que yo
era un crío, pero claro, las noticias tardaban en llegar al resto de Grecia y
los borrachos que no hacían más que preguntarte sobre tus más profundos
principios para que erraras o los toxicómanos que hablaban sobre mundos a parte
donde las ideas reinaban aún no se daban. Era en general una sociedad
tranquila.
Sin embargo Cronos, ese malnacido
desgraciado, se empeñó ya hace tiempo en utilizar la maldita hoz (la de
problemas que dan estos instrumentos, ojalá se extinguiesen) de su caja de
herramientas. Y los segundos, minutos y horas fueron transcurriendo por lo que
no me quedó más remedio que crecer. Con ello, las probabilidades de que llegase
algún monstruito a la ciudad iban incrementando.
Quiso el destino que coincidiendo con mi decimoctavo
cumpleaños llegase mi Némesis (demasiado tiempo viviendo de las rentas). Una
terrible bestia negra con una mancha blanca en la parte derecha de su labio
superior llegó a la ciudad. En un comienzo pedía cosas bastante razonables
comparadas con el coste que suponía el utilizar la fuerza contra ella. Primero
solicitó, a cambio de la paz, el permitir mandar sobre el barrio más céntrico
de Atenas. Toda la ciudad se reunió en el ágora sin más techo que el que
brindaban los árboles. Allá acamparon durante setenta y dos horas hasta que se consiguió
llegar a un acuerdo: se podía conceder el barrio central de Atenas siempre y
cuando se celebrasen asambleas con asiduidad para ratificar el poder de la
nueva líder.
Durante unos meses reinó la calma, pero
pronto las peticiones de la bestia fueron aumentando. Exigió que se suprimiesen
las asambleas, ya que teniendo en cuenta que ella era la líder, no parecía
tener mucho sentido que tuviera que pedir aprobación de nadie para hacer lo que
ella considerase oportuno. Luego fue la anexión de los barrios situados al sur
del Central, puesto que siempre habían compartido fiestas populares en conjunto
no se entendía por qué no podían continuar viviendo en común y se obligaba a
sus poblaciones a vivir separadas.
Llegados a este punto de la historia
recobro el protagonismo. Ya me habían avisado que la situación actual estaba
adquiriendo tintes trágicos para el devenir no sólo de Atenas, si no de Grecia
entera. Y que si había cualquier otro movimiento más por parte de la maldita
bestia tendría que entrar en acción y procurar el bien de todos.
Os podéis imaginar cómo me sentó ese
ultimátum disfrazado de necesidad. Cinco años habían pasado desde que la
maldita llegase a la ciudad y casi nos habíamos acostumbrado a su presencia,
cuando de repente, los ciudadanos se habían cansado de ella. Ya había avanzado
mucho.
Por supuesto la bestia continuó e invadió
el Este de la ciudad, y con ello, el vaso se desbordó. Se me instó a defender
el honor de mi familia y de toda Grecia. Debía atacar a la bestia y vencerla yo
sólo, y el único argumento que daban era que yo debía haber heredado algo de la
fuerza y valor de mi padre, o al menos, lo suficiente como para vencer a la
tirana que asolaba a nuestro pueblo y la paz griega. Perfecto.
Comenzó a sí una lucha encarnizada entre
ella y yo en la que ninguno de los dos cedíamos terreno. El orgullo mal
concebido propiciaba ataques arriesgados en los que ambos nos jugábamos la piel
hasta que finalmente uno de los dos salió gravemente herido: yo. Un zarpazo de
los muchos que lanzara había conseguido burlar mis reflejos para acabar
atravesándome de alante a atrás y dejándome en un estado bastante grave.
La guerra estaba perdida.
Me arrastré hasta la casa de curas más
cercana donde me dijeron que aunque no moriría, siempre sentiría el dolor de
aquella punzada que me habían propiciado.
Ante tal noticia, y aunque parezca
mentira viendo el contexto, sentí alivio. Nunca fui valiente, y nunca lo quise
ser. Me resguardaba bajo un manto de prudencia para vencer las batallas que
debía disputar. Pero cuando llegó el gran reto y fui derrotado, lo asumí y pasé
página en cuestión de pocas horas. Me quedarían secuelas, sí claro, pero podía
convivir con ellas, y además, Grecia estaba perdida. Merecía la pena vagar por
el mundo buscando un lugar en el que resguardarme de los peligros del azar que me
había deseado un destino que yo nunca había pedido. Ya era hora de tomar las
riendas de mi vida.
Abandoné el país con lo puesto y bien
tapado para no ser descubierto mientras cientos de columnas e imágenes de mis antepasados
olímpicos caían pasto del poder de la bestia. No tenía nadie a quién acudir y
por pertenencias sólo conservaba la reliquia de Damocles con la que siempre
había librado mis batallas. La pasión que este arma transmitía me daba la
confianza suficiente como para abordar cualquier reto y por eso era la única
pertenencia de la que no me desprendía ni para dormir.
Vagabundeé durante meses hasta que
finalmente encontré una pequeña villa coronada por lo que parecía ser un castillo.
El lugar se llamaba Edilla. Las gentes de allí aunque rústicas y vagamente
alfabetizadas, me recibieron con los brazos abiertos deseosos de mostrar el
carácter afable y solidario que los dioses les habían proporcionado desde
tiempos inmemorables. Aprendí sus gustos, su gastronomía, su lengua, sus
tradiciones, en fin, todo aquello que fui capaz de absorber. Y allí me decidí a
vivir el resto de mis días soportando la vergüenza del recuerdo y aspirando,
quién sabe, a la felicidad.
Pero no, el destino no es afín a los que
marchan de sus raíces.
Al tiempo de estacionarme allá comenzaron
a acudir imágenes de mi antigua enemiga. En un principio no eran demasiado
habituales, pero con el tiempo fueron siendo mas asiduas hasta que llegó un
punto en el que formaban parte de mi vida diaria. Me asediaban a todas horas,
por la mañana durante el trabajo en la huerta y por la noche cuando pretendía
dormir. Quise evitar darle importancia, quise superar aquel escollo, me intenté
convencer de que nada tenía que ver conmigo... Pero no sirvió. La realidad se
fue apareciendo ante mí: yo no era nada sin aquel ser, hijo del inframundo, que
había asolado mi tierra natal. Jamás hallaría paz si no me enfrentaba a mi
pasado, al destino que me había dado la espalda.
Y fue tras esta reflexión que me decidí a
dar media vuelta dejando todo para enfrentarme una última vez al monstruo de mi
existencia, a la bestia negra de mancha blanca que empañaba cualquier opción de
ser feliz.
Y así es como me encuentran ustedes:
decidido, valiente y tranquilo. A veinticuatro horas de llegar a Atenas para
enfrentarme a mi fortuna escribo estas páginas con la esperanza de hacer llegar
a los que vengan detrás de mí que jamás deben renunciar a aquello que aman, que
la mayor cobardía es no saber identificar los propios errores y enfrentarse a ellos
por temibles que sean, que luchar y perder una batalla no es el fin de la
guerra. No mientras que nuestros corazones bombeen sangre, no mientras haya un
iluso dispuesto (equivocadamente o no) a morir por aquello en lo que cree, por
aquello que quiso ser: un maldito feliz, héroe o no.


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