Ese instante entre el relámpago y el trueno esa pausa en la calle después de un frenazo, el silencio antes de un veredicto; notar el corazón en la garganta, el pecho golpeando fuerte, un vacío en la boca del estómago y el debate eterno conmigo mismo.
Eso era espera...
Hay una vela en nuestra burbuja que palidece mientras el poco oxígeno que nos queda va desapareciendo, amenaza con dejarnos a oscuras del todo; antes de habernos visto las caras, de habernos mirado, antes de haber alumbrado nada.
Y la burbuja cada vez es más porosa, se oye el ruido de fuera, el ruido de imposibles. Empieza a calar en nuestro hueco la lluvia, aquella a la que teníamos tanto miedo, quizás algún día nos demos cuenta de que sólo mojaba, que jamás podría habernos ahogado.
Esa incertidumbre antes de la sonrisa de un niño, el primer día de cole después de las vacaciones, la ilusión de una buena acción, el momento previo a entregar un regalo muy pensado...
Eso era espera...
Las señales, como el arte, como el paisaje, tienen más que ver con el que mira que con lo que son, las causas son cosa humana, las casualidades son cosa de la vida. Qué bonita fue nuestra casualidad y qué mal gestionamos nuestra causa.
La vela agoniza, la burbuja se deshace, poco a poco se cuela el sonido de coches, la luz gris del cielo nublado de Madrid, se acaba el Edén, queda un recuerdo, queda el sonido de los pájaros en la naturaleza, el olor a petricor, las montañas y la modestia que me hacen sentir, esa belleza de todo lo que hay ahí fuera.
Se me acaba la tinta, pero no a mi pluma que sigue pensando. Ya no hay vela, ni burbuja, pero quedan muchas cosas, la realidad, las ganas de soñar. Y también quedamos, en esas ganas de dormir abrazados, en la idea de madrugar un domingo, de descubrir nuestros respectivos mundos y otros allá afuera, queda la alegría de nuestros secretos, la energía después de los pocos momentos que tuvimos, queda tu sonrisa bajo aquella efímera libertad que disfrutamos.
Queda el recuerdo de esa vela y nuestra burbuja.
Queda esperar el futuro ese al que siempre espero.
Quedo yo, otra vez yo, como siempre, como una realidad militante.
Y llueve de nuevo, ya me puedo mojar, la lluvia me acaricia y me reencuentra con lo que soy, recuerdo ontológico diario, y de paso me camufla el alma o el corazón... y los ojos.
Mientras... espero...


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