Tuesday, September 16, 2014

Marta

Ya os he hablado antes de sonrisas que cambian un día, ya os he descrito las sensaciones que producen algunas miradas que esconden emociones que tú sólo puedes intuir, ya he abierto mi caja de amores y desamores intentando que revivierais aquello que teníais guardado en algún rinconcito de vuestra memoria, de vuestro corazón. Pero me temo que todo eso es insuficiente.
He descrito la muerte y a aquellos que lidian y luchan contra ella lo mejor que he podido, he intentado convencer a todos mis compañeros de que tenían que saber tratarla, que tenían que saber acompañar en ella. Pero NO ES SUFICIENTE.
No existen palabras para expresar lo que hoy he vivido, lo que he sentido… Esto, que puede que no sea más que un espejismo producto de mis ansias de empatizar, de ser aquello que aún no soy. Esto, que puede que no haya sido más que una sugestión.
Pero… ¿acaso importa? ¿Si la realidad que percibes no es cierta, pero tú la vives y te determina para siempre, no es en cierta forma igual de válida?

Sé que no debo contar nada, sé que no se puede, y por ello no explicaré nada que sirva para que se la pueda identificar, pero necesito gritar al mundo que he visto un ángel de carne y hueso, que no ha necesitado tocarme para grabarme a fuego su rostro en la memoria, su canción en mis oídos. Necesito dar cierta trascendencia, inmortalidad, a una persona a la que jamás podré olvidar.

La conocí hace una semana escasa postrada en la cama. ELLA era, y a día de hoy todavía es, madre y esposa. Para mí no era más que un nombre de 45 años, una enfermedad. Cierto que había una historia triste detrás, pero al fin y al cabo no era una persona todavía. Sabía que ELLA era especial, que todos la trataban con un cariño diferente; porque el ser humano es así y no se puede evitar, y sospechaba que era mejor para mí no llegar a conocerla. Es por eso que me sentí aliviado cuando supe que la llevarían los compañeros. No duraría mucho ese alivio. Por su culpa, maldito sea ÉL.

Por aquel entonces estaba especialmente involucrado con otro caso que teníamos, similar en tragedia, pero distinto en término. Pensaba que mientras estuviera más centrado en este caso estaba protegido, pero ayyy… ¡qué equivocado estaba! Saben eso de que hay sonrisas que desarman, ¿no?

Pasamos de refilón por su habitación, saludamos y nos fuimos. ELLA sólo golpeó un poco. Sí, con la sonrisa. Y con una forma de expresarse inocente y amable, positiva, vital. Pero aún no estaba prendado.

ÉL habló con ELLA aquel día. Durante una hora. Yo estaba en el despacho adelantando trabajo y cuando volvió y en el tono que solemos usar le dije: “Sí que la cuidas ¿eh?”. Lo confieso, sentía curiosidad, quería saber más sobre aquella persona a la que todos casi veneraban sin importar la cantidad de años que llevasen ejerciendo, con ELLA no había corazones de piedra. La respuesta fue una losa, pero mi perdición: “Sí, es que me ha dicho que cuando deje de valerse por sí misma prefiere morirse, no quiere ser una carga para su marido, entonces me ha dado por quedarme, ya ves”.

Joder… Era cuestión de tiempo.

Se fue de alta, pero hoy ha tenido que volver, igualmente al otro equipo, e igualmente ÉL grabó el destino. “Pasamos a ver a la paciente de la 58 y después saludamos, por lo menos para ver cómo está”. Mi cerebro ha querido obviar la certeza, pero en el fondo estaba ansioso. Hemos salido de la 58, y ÉL ha dicho que no tenía cuerpo. Después de tanto tiempo hemos llegado a entendernos bien, y su mirada ha dicho más: “Vale pues no te preocupes, date un momento”. Iluso yo, ¡si lo necesitaba igual o más que ÉL. Hemos bromeado, como siempre, para armarnos de valor y cuando “se ha acabado el descanso”, hemos entrado tres en la habitación. No me atrevería a decir que hayamos salido ni siquiera uno sumándonos a todos.

Otra vez esa maldita sonrisa (y perdónenme por repetirme), pero es que llena el alma. No me había fijado en sus ojos… hasta ese momento. Brillaban con una luz especial, con la vida de una recién nacida, con la melancolía y la tristeza de aquel que se va sin remedio.

Hemos charlado y comentado varias cosas, ÉL quería sacar el tema, pero había una familiar que se lo impedía. Yo estaba enojado por no haberme dado cuenta y no haberla sacado, por haber entrado, ¿cómo podía negarle un momento de tranquilidad con ÉL? ¿Cómo yo, que sabía cómo trabajaba Él y las necesidades de ELLA no me había anticipado y había hecho lo necesario por procurarles un ambiente íntimo? ¿Cómo podía arreglarlo? Quizás aún podía pedirle a la familiar que saliera un momento conmigo que quería comentar algo, pero no quería asustarla a ELLA, no necesitaba estarlo más.

Y mientras todo esto pasaba en mi cabeza, iba escuchando como aquella chica, hecha sin un ápice de maldad se preocupaba únicamente porque la tenían que cuidar, relativizaba todo lo que había hecho por su hijo y su marido… apenas contaba. Esa modestia…
Y en este momento lo he visto flaquear. ¡¡A Él!! Que lo había visto salir de los mayores malos tragos que se puedan encontrar en un hospital. Había sido casi indetectable, pero la lógica que acompaña a sus palabras de apoyo y cariño no se había dejado ver durante una décima de segundo.

Yo mientras, seguía dándole vueltas hasta el punto de que he querido ayudar como fuese y he preguntado por una almohada que tenía a su lado puesta a lo largo, sabía por qué estaba, pero viéndola tan centrada y consciente de sus circunstancias he querido transmitirle que estábamos atentos al más mínimo detalle. Era porque la tripa le pesaba mucho y eso aliviaba la carga, un tumor de 25cm…
Y su mayor preocupación era no haber podido cuidar más de su familia…

Me he excusado diciendo, “vale era por si te dolía el brazo o algo” y lo he acompañado de toda la carga comunicativa no oral que he podido. ELLA lo ha cogido (ojalá eso hubiera sido lo peor que la habían dicho) y ha respondido: primero de forma no verbal, mirándome a menudo al explicarse. Luego en voz alta: “Yo encantada con Él y su equipo (y nos ha mirado) y el resto de compañeros (por los que no estaban), me habéis tratado siempre como una reina”.

“Como lo que mereces… Como lo que eres”. –Ha respondido Él.

Todo ha seguido y finalmente nos hemos ido. Tras el sonido de la puerta sólo el ruido de la planta podía escucharse entre nosotros.

Ya había tenido esa sensación antes, un caso que te deja tocado y pensativo el resto de la mañana, que según va pasando el tiempo vas dejando atrás, te marca para siempre, pero no te ata a él. Lo había pasado a solas con ÉL y con más gente alrededor. Quería ayudarlo, por una vez ÉL tenía que ser salvado.

–“Yo es que de verdad no sirvo para esta especialidad”. –He musitado.

–Ya, yo tampoco. –Ha respondido ÉL.


Nos hemos ido animando los tres a comentar lo buena gente que es, la ternura que te crea sólo con mirarla, la vida que tiene, cómo el ser así es factor de riesgo para que te vaya mal. Y entre todo esto ha sido un momento, una décima de segundo, ÉL se ha bajado las gafas como hace a menudo para restregarse los ojos, pero esta vez ha sido diferente: una ligera humedad se ha esparcido brillante por su nariz, sus ojos apenas aguantaban sin desbordarse. He girado la cabeza para no violar su intimidad y cuando he vuelto a mirarlo ya parecía todo normal.

Después de 20 años… y aún llora. No he podido más. Hemos cruzado taciturnos y lóbregos el pasillo del hospital hasta la planta donde nos esperaba la siguiente paciente. Les he dicho que fueran yendo a la habitación que ahora los alcanzaba, me he metido en el baño y ahí he llorado, aunque tímidamente. De rabia, de pena, de ternura, de admiración por ÉL, por ELLA, de estar allí y no poder seguir, de no ser aún suficientemente bueno. Por la vida, que a veces es muy puta, por demasiadas cosas.

Ha pasado, me he limpiado y he pensado que la siguiente paciente se merecía igualmente una versión de mi al 100%. He salido decidido, he suspirado y he entrado en la habitación. Después, sólo rutina.

Y esta es la historia de la primera vez que he llorado por una paciente. La historia de cómo esas feas paredes a veces esconden sentimientos y de cómo no dejamos de ser humanos. Y por mucho que lo intentemos no hay palabras ni ciencia que nos hagan comprender, o mejor dicho sentir, lo que los pacientes padecen y lo que los de la bata llevamos por dentro. Con fallos que cuestan vidas, con aciertos que las salvan, con palabras que lapidan esperanzas y con otras que dan aire.
Con todo ello, que tira de nosotros hacia abajo y que nos oprime el pecho. Porque sí, aún con el fonendo puesto, seguimos siendo personas.

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