Thursday, February 10, 2011

Las aventuras de Toni.

Cuando Toni (así le llamaban sus amigos) levantó su palo de fregona todos se preguntaron qué sería esa vez. Habían visto hacer tantas cosas a ese chavalín…

Tenía 20 años y todo el pueblo le tenía mucho cariño, la verdad es que no podía ser de otra manera, era una persona inocente, con una gran ilusión por la vida, disfrutaba cada instante del que disponía.

-¡Que todo el mundo se aparte, yo el gran Toni, aprendiz del gran Coperfield, soy el más grande de los magos de este mundo! Y por eso quiero que todo el mundo deje la plaza libre, voy a desarrollar el más grande de los trucos.
Todos sonrieron, la verdad es que tenía gracia.

-¡Pero ten cuidado que un día te vas a hacer daño, hombre! Gritó uno de los habitantes del pueblo.

-¡Pero como se puede ser tan osado! ¡¿Yo el gran Toni haciéndome daño?! Deja de decir chorradas, y apártate vas a ver el mayor de mis trucos.

Toni salió disparado como una bala hacia las puertas del ayuntamiento que había en la plaza…

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-Mamá, ¿te encuentras bien?

-Sí, hijo, sí, tú no te preocupes y llévanos rápido al médico.

-Esta vez te veo peor, tienes la frente empapada de sudor y te has quedado blanca como las nubes en primavera.

-¡Por Dios hijo! Cursi hasta en estos momentos…

-Lo siento mamá, me sale solo.

-Si sabes que me encanta, no seas tonto. Lo que pasa es que te sale en cualquier situación. Venga dale un poco de velocidad a esta cosa que quiero que me vean ya.

-Como quieras, estate tranquila que el médico terminará quitándote a Susi le voy a ayudar a encontrar, con el libro de pócimas, una solución para curarte.

-Muy bien hijo, así me gusta. Susi está revuelta hoy…

Cuando llegaron, Toni ayudó a su madre a bajar para que pudiera ir hasta la puerta, llamaron y esperaron a que el médico abriese.

-¿Quién va? Se oyó desde el otro lado de la puerta.

-Soy Toni, vengo con mi madre, que parece que Susi está algo inquieta.

La puerta se abrió y en el umbral apareció la cara del médico.

-Pasa, pasa. Ponla en el sofá del salón, y dala esta pastilla, voy a mirar su historial.

El médico salió de la habitación y se quedó Toni con su madre, que ya estaba tumbada en el cómodo sillón que había. El médico del pueblo era una buena persona, siempre muy servicial y amable con todo el mundo. Y desde que Susi se había crecido, había mantenido una estrecha relación con Toni y su madre.
Cuando volvió, lo hizo con una carpeta que contenía alrededor de 5 folios.

-Oye Toni, ¿te importa salir? Tengo que examinar a tu madre.

-Sí, claro.

Toni se fue hacia la cocina a esperar a que terminaran con su madre.

-Vamos a ver…

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-¡Papá, papá! Vamos a la plaza a jugar, venga papá.

-Ya voy, ya voy.

El padre de Toni cerró la puerta y salió a la calle donde su hijo -que con 15 años ya medía mas que él- le estaba esperando.

-Vamos allá. ¿A qué quieres que juguemos hoy?

-Mmmmmmm. Pues yo seré el señor de la barba blanca tan grande que me dijiste anoche.

-¿Merlín?

-Sí ese, ese, y tú, túuuuu, tú serás mi fiel acompañante, ¿vale?

-Me parece bien hijo mío.

El padre no pudo evitar sonreír, siempre le tocaba a él ser el fiel acompañante. Llegaron a la plaza y un recibimiento inesperado les aguardaba. ¡Ahí estaba Susi!

-¡¡Cuidado papá!! Que nos ataca, cúbrete.

Merlín y su fiel compañero fueron corriendo a cubrirse detrás del banco que había.

-¿Te encuentras bien? –Dijo Merlín.

-Sí.

-Ten cuidado recuerda que puede hacer magia. La última vez se hizo muy pequeña y entró dentro del cuerpo de mamá.

-Vale. ¿Cual es el plan? No aguantaremos mucho así.

-A la de tres salimos los dos corriendo cada uno hacia un lado.

-Muy bien.

-1, 2, 3. ¡Ahora!

Los dos valientes salieron corriendo, pero claro, Susi no se iba a dejar ganar tan fácilmente, hizo un movimiento de muñeca apuntando a Merlín, pero este ya se había protegido con ayuda de su vara mágica.
Susi gritó, estaba muy furiosa, y ésta vez atacó a su fiel aliado.

-¡Cuidado, que va a por ti!

Pero ya era demasiado tarde, le había alcanzado, y había caído fulminado.

-¡NOOOOOOOOO! -Gritó Merlín, mientras Susi reía-. ¡MUERE!

-¡Ya no harás más daño a la gente de este pueblo, ni a mi compañero, ni siquiera a mamá!

Y le lanzó un hechizo con su vara contra el que Susi no pudo hacer nada, que cayó al suelo derrotada.

-¡Hemos vencido, hemos vencido! Amigo, levántate su magia ya no te afectará.

Pero su compañero no se levantaba.

-¡Venga! ¡Arriba! No sabemos que más peligros nos aguardan, cuánta gente tendremos que salvar.

Nada, su compañero ahí seguía tirado en el suelo.

-Vaaaaamos levanta que ya estás bien. Papá, papá, que así no es el juego. ¿Te has dormido?¡PAPÁ QUE TE LEVANTES! ¡VENGA!

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-¡Qué bien se ve todo desde aquí!

-¡Oye Toni! Bájate de ahí que te vas a hacer daño! ¡Venga deja de hacer el tonto!

-No quiero, estáis a punto de presenciar algo maravilloso.

La gente del pueblo había empezado a asustarse. Uno sugirió que fueran a casa del médico para que viniese en seguida y hablara con él.

-Es igual, no hay nada que hacer. –Dijo otro-. Nadie le convencerá de que se baje.

-¡Con eso no ayudas!

-¿Y? No pretendía ayudar diciendo eso. Sólo digo que el médico no le convencerá. No nos oye, es como es.

-¡Ya sabemos todos como es! ¡Por eso mismo tenemos que hacer algo cuanto antes! ¡Ya está que alguien coja unas colchonetas del colegio, vamos a ponerlas. ¡Vamos, vamos, vamos!

-… ¡Ahora con todos ustedes el fantástico número del gran Toni!

Agitó el palo de la fregona y salieron fuegos artificiales de ella. Con un toque en el suelo hizo florecer una fuente en medio de la plaza con césped y flores surgieron a su alrededor. Cuando estaba a punto de hacer un tercer truco, oyó ese grito de nuevo: Susi.

-¡Esta vez te mataré! ¡No volverás a hacer daño a nadie más! ¡Esta vez acabaré contigo! Bastante daño me has hecho ya maldita, pero esta es la última vez que nos enfrentamos.

-¡Tooooooooooniiiiii! ¡Baja de ahí ahora mismo!

Por fin había llegado el médico.

-¡No te acerques, o te matará a ti también, como hizo con mi gran amigo y mamá!
-Déjalo ya, hijo. Que Susi se fue hace mucho tiempo.

-¡Pero ha vuelto! Y ahora volaré hasta ella y la mataré con mi potente arma, he estado entrenando y se que esta vez, es la mía. Por fin acabaré con esta pesadilla.

-¡TONI!

Toni saltó del balcón y se echó a volar, hacía mucho que no lo hacía, y por eso cayó unos metros hacia abajo, pero pronto recuperó la altura y se dirigió hacia Susi.
Ya no oía las voces de la gente que estaba animándolo en la lucha, ni veía nada, todo se había vuelto algo oscuro.
-Malditas seas tú y tu magia –Masculló entre dientes-

Siguió volando y cuando ya se encontraba cerca de ella, le atizó, un sólo golpe certero y preciso bastó para acabar la pelea.
Por fin se habían acabado tantos años sufriendo, tantos años llorando al fin podría descansar tranquilo, cerró los ojos y dejó que el viaje de la vida continuara.

Tuesday, February 8, 2011

Sombra aquí, sombra allá...


Y entonces, me giré... Vi aquella figura que me había estado susurrando al oído todo este tiempo. Era una sombra gris y eso era todo lo que podía percibir... No sabría decir si era alta o baja. Por supuesto, no tenía ojos ni boca, sólo eso una sombra, que no paraba de susurrar y cuanto más la miraba, más ruido oía en mi cabeza.

La ciudad de Nueva York de noche tiene una magia especial, y esta sombra era algo que sólo podría ocurrir allí. La sombra estaba apoyada sobre la farola verde, yo la seguía mirando sin adivinar qué era, escuchando los ruidos que metía en mi cabeza, esos malditos murmullos. Me di cuenta de que había algo que me ponía enfermo en ella, era su actitud de prepotencia, de saber que ella me podía guiar por el camino correcto, pero que no quería ser clara.
Poco a poco, me pareció ver como se metía las manos en el bolsillo y miraba hacia abajo como decepcionada.

-¿Qué narices quieres de mí? -Me preguntaba a mí mismo, ¡SOLO DEJAME EN PAZ!, ¿VALE?

Pero no se iba... Ahí estaba ella, impasible, su expresión se fue transformando paulatinamente de esa prepotencia a indignación, no se creía que no le entendiera. Pasó después a impacientarse y, por último, a entristecerse.
Me miró fijamente, y a pesar de que no podía distinguir sus figuras vi la condescendencia en su cara...

Me estaba haciendo sentir miserable... No quería seguir mirándola, pero no podía, tenía la sensación de que en ella había algo que tenía que sacar, y los murmullos no cesaban, se clavaban en mi cabeza atormentándome, tanto... que grité:

-¡BASTA!

Pero no duró mi imposición, paso a ser una súplica.

-Basta, por favor te lo suplico, dejame ya... Dime lo que sea y vete, pero por favor, no sigas torturándome, vete ya...

La sombra ahí seguía, su figura denotaba que cada vez estaba más triste, observando cómo esparcía mi dignidad y mi sufrimiento por el suelo, ella iba mudando su cara, cada vez de mayor tristeza, compasión...

-¿Quien eres? No sé que quieres de mí, y me da igual, por favor haz que pare.

Pero no paraba seguía ahí, no me dejaba en paz, me estaba volviendo loco. Las lágrimas resbalaban por mi cara, y se podía ver cómo iba formándose un charquito diminuto en la acera.
No sé cuánto tiempo estuve suplicando y llorando, luchando contra mi cabeza, sólo sé que todo empezó a parecerme más claro.

Comencé a distinguir los susurros, me estaban diciendo cosas, las escuchaba bajas, pero podría llegar a entenderlas si prestaba más atención, era mi hermano. ¡Sí, sí, la voz de mi hermano!

-Hermano, hermanito. ¿Me oyes? ¿Cómo estás, que quieres?

Empecé a escuchar con claridad lo que me decía: “Estáaaaa dentrooooo”. Y la voz se desvanecía...
Al rato volvía: “Estáaaaaa dentrooooo d-d-de...”

-Qué es, qué, dímelo ya, por favor.
Sonó en mi cabeza como un grito, como un enorme grito que me bloqueó los oídos.

¡¡¡ESTÁ DENTRO DE TÍ, ESTÚPIDO!!!

Vinieron más susurros, esta vez bajitos. “Enfréntate a ello” “Guárdalo y déjalo estar”

Entonces lo entendí, levanté la mirada y la sombra asentía con resignación. No quería salir, la había enterrado en vida. Había hecho como si su existencia era una más, la había intentado relegar a un puesto que no la correspondía, y todo lo que hacía era inútil, porque la seguía queriendo, con toda mi alma.

Cada vez que hablaba con ella y fingía como que no había pasado nada, me estaba clavando un hierro oxidado, su imagen, su sonrisa, su forma dulce de tratarme, la forma que tenía de reírse, todo, lo tenía grabado a fuego dentro de mí, y por mucho que lo quisiera esconder, no había nada que hacer.

La sombra se acercó y me abrazó, lloré desconsoladamente en su hombro, como jamás lo había hecho, lloré amargamente, y un terrible dolor se acentuó en mi pecho y se hizo más y más insoportable... Se extendió y se mezcló con mi cansancio, las piernas me empezaron a fallar y la sombra me dejó caer de rodillas sobre la calle.
Giró sobre sus tobillos y se fue, se alejó poco a poco de mí hasta que se la tragó la noche, no miró ni una vez atrás, ni una sola vez...

Yo por mi parte me sentí helado, un frío gélido me paralizó. La sombra... había sido la sombra la que me había dejado así... Un frío que sentía como cuando despierto de una pesadilla, aterrorizado por si la volvía a ver. A ella, sí a ella...




Martinita

“Ganas, ganas, Martinita, déjalo ya” Ahora me sonrío cada vez que escucho estas palabras en mi cabeza, pero qué desastre era aquella chiquilla, un terremoto, se lo digo yo.
¿Qué quién soy yo? Antonio Morales de Cantalejo, para servirlos y más a sus señoras... ¡Pero no se me enfaden señores! De verdad, ¡qué sensibles están ustedes hombre! Ya no se aguanta el humor de los andaluces, y menos si son gitanos... ¡Qué época Dios Mío!

Bueno, ¡qué me enrollo! Y pá una vez que me dejan contar mi historia, mal se hablaría después de mí si no me centrase en ella.

Ahhh Martinita que ojos negros que tenía mi gitana... ¿Podrán imaginárselos si les digo que eran negros como el azabache? Sí, amigos sí, una cosa como pocas se han visto, ¡qué brillo, que vida irradiaban! La pena fue que se desperdiciara tanta vida, ¡créanme, el mayor delito de la humanidad!...

Ya de pequeña ella era especial... Se le veía un salero que pocas chicas de su edad tenían, muy bien lo sé yo, pues era hija de mi compadre. ¡Y bien sabe el de ahí arriba, que algo hubiera intentado con la muchachilla si no le hubiera sacado 23 años!
Su padre, mi compadre como decía, José Gómez Tuntena, de profesión: vividor, pero de los buenos, de los que ya no hay, un señor que salía de su casa por la mañana para ir a trabajar como todo buen hombre que se precie, y de camino a la fábrica (pues ahí trabajaba él muy honrosamente, en la fábrica de puertas de Don Mingón), que estaba pues como de su casa al súper del barrio, el muy señor mío, ¡qué en paz descanse! ya había catado el vino en un par de bares, o tres...

Pero como les iba diciendo, Martinita de pequeña era de lo que no hay, te cogía un día, con cuatro añitos ná más, y te decía: “Tito Tonio (¡vive Dios que nadie menos ella me llamaba así!) me está dejando dezcuidaíca, hágame el favor de jugar conmigo un poco, hombre ya” A mí me camelaba, ¡qué desparpajo, y tan chica! Y ahí era cuando yo me negaba, no tenía yo la cabeza nunca para jueguecitos, por supuesto, la muy endemoniada, no se callaba y seguía de la siguiente manera, “Xiquillo, que desavorío me eres” Entonces le decía la frase con la que comenzaba tan brillantemente mi relato, y empezábamos a correr como locos por los alrededores de su casa, la verdad es que tenía muxa guasa, la niña.

Como era de esperar, la chica fue creciendo, y se plantó en la edad mala, había cogido la belleza de su madre y la gracia que caracteriza estas tierras del Sur. Y era cuestión de tiempo que pasara lo que tenía que pasar... ¡Una pena la verdad! Ya lo creo...

A Martinita se le conocieron las primeras conquistas a la edad de 15 años, en un pueblo, como en el que vivimos, todo se acababa sabiendo, y el padre merodeando por los bares, se enteraba, el pobre diablo. Siempre fue muy sentimental, y el vino que no ayudaba, ¡pá que negarlo! El caso es que salía como un rayo para casa, y lo que pasara allí sólo su esposa, su hija y él lo sabían. Pero baste decir que no se veía ni a una ni a otra fuera de la casa en una semana bien pasada.
Perdonen ustedes que me empiece a poner a serio, pero la historia deja de tener gracia en este momento. Mi compadre José no siempre había sido tan violento, los años le hicieron mal, y yo no estaba de acuerdo con lo que hacía, ¡cómo iba a estarlo!, pero claro, hace 40 años nadie movía un dedo por el vecino, y menos si eran dos mujeres.

Mala fortuna fue, que se enterara de uno de los juegos de su Martinita el día que llevaba una botella de vino bien holgada. Se lo contó esta vez el carnicero del pueblo, se conoce que por aquella época, no pasaba buena racha y decidió que sería divertido llevar desgracias a nido ajeno. José, salió como un miura, y de tan mal carácter lo ví, que lo intenté parar. Casi siete minutos fueron, desde el bar a su casa, intentando tranquilizarlo, de poco sirvió, abrió la verja de su casa, y ahí me dejó plantado. Yo me quedé inmóvil, no iba a entrar yo en la casa de mi amigo José siendo asuntos familiares los que había de por medio.

Muerto me tendría que haber quedado en ese momento, todo tipo de improperios que no voy a citar escuché, oí una hebilla sonar, y la madre de Martinita gritar, poco tiempo tardó en recibir su castigo también por: “haber criado una hija tan buscona”, según pude escuchar.

Señores no me juzguen mal, no entré porque no era mi deber, más hice que el resto, que provocaban, cuchicheaban y en cierto modo se satisfacían, nadie movía un dedo. En aquella época... ¡ni locos!
Pero que mal duermo desde entonces, no hay noche que no me arrepienta de no haber parado a ese mal bicho de José.
Sé que dije que era mi compadre, nos criamos juntos desde que éramos dos chavalines, a todos lados íbamos juntos, le ví casarse, tener su hija, y siempre me decía que era gracias a mí que sin mi amistad, poco habría hecho en la vida.
Sin embargo, nada de eso le hizo ser feliz, dudo a veces de que valorara nuestra amistad.

Soledad Quintana, esa chica le cambió, la conoció en un pueblo vecino, se enamoró rápido de esos rizos dorados, y cuando parecía que el señor José se nos iba a casar, algo pasó, se presentó en mi casa bien entrada la noche, parece ser que la tal Soledad había decidido irse con algún otro señor a conocer mundo.
José se refugió en la botella, a partir de ahí entró en una mala racha, su carácter cambió, ya no era aquel chico joven que se arrancaba a cantar y hacía bromas sin parar. Lo que les diga... que el tiempo no le había hecho bien.
Conoció unos meses después a su actual mujer, una chica que siempre había estado enamorada de José, lástima que no se diera cuenta que con quien se casaba no era José sino una sombra de lo que fue. Unos años más tarde nacería de ese infeliz matrimonio Martina, mi querida Martinita. Todo el mundo pensó que ella sería la que arrojara luz al bueno de José, los vecinos del pueblo sabían perfectamente lo que seguía sintiendo por esa Soledad, incluso su mujer, pero decidió ponerse una venda al dar el “Sí quiero”, y con ello condenó su vida, la de su hija y, espero las vidas de todos los habitantes del pueblo, quiero pensar que desde entonces no soy el único que tiene pesadillas con lo que pasó aquella fatídica noche del domingo de Resurrección del 63.

Martinita llamó a mi puerta el día anterior para pedirme un favor, tenía que ayudarla a escaparse con David, un gran chico, le había conocido en un pueblo cercano, su tío le había ofrecido trabajo en Madrid y ella entraba dentro de sus planes, así que le ofreció la posibilidad de dejar atrás tanto sufrimiento. Ella, joven y con fuerzas aceptó sin dudarlo, había intentado convencer a su madre durante una semana para que se fuera con ella, pero no pudo convencerla.
La primera parte de mi misión era sencilla, llevarme a su padre de fiesta el domingo y asegurarme de que no pasara por casa hasta bien entrada la noche, la segunda iba a ser más complicada, tenía que proteger a su madre. Debí de poner buena cara cuando ella sin que yo abriese la boca me dijese: “Tito Tonio, ¿no me irá a defraudar ahora no?”
Se fue de mi casa con la promesa de que haría todo lo que estuviese en mi mano por ayudarla, tanto a ella como a su madre.

Y así llegó el famoso domingo de Resurrección, me llevé a su padre después de la comida, pues se empeñó en ir por la mañana a misa, “Mal fario me da esto”. -Pensé yo.
Llevábamos ya un par de horas en el bar, cuando entró por ahí el carnicero, maldito sea mil veces, rojo como un tomate y con problemas de habla. Según entra y ve a mi compadre, se dirige a él con cara de satisfacción, yo viendo como iba, quise entretenerlo, no fuera a ser que supiera algo, pero de nada sirvió, se soltó, se arrimó a José y le soltó las siguientes palabras:

-No creerás lo que he oído en el pueblo de al lado, tomando un vinillo.

-Mi buen amigo, yo a ti te creo todo, bien me ayudaste hace un tiempo a enderezar a mi familia, ¿que habría sido de ella sin ti? –Contestó José.

-Pues porque te aprecio, y sólo por eso, te diré que David el hijo del panadero del pueblo vecino, ¡se marcha a la gran ciudad!

-¡Pero bueno hombre! ¿Ya estás borracho? ¡Y a mi eso que más me da!

Juro que en este momento noté como la sangre se congelaba en mis venas, intenté interrumpir la conversación.

-¡Venga carnicero, a cortar filetes que se te está yendo la olla! –Solté mientras le empujaba fuera del bar.

-Oye, oye sin faltar y mejores modos, que yo no digo las cosas por decir. ¡Que se nos marcha acompañado de tu Martinita José!

En ese momento un rayo me paralizó por completo, vi cómo se giraba José y le cogía por el cuello de la camisa al carnicero, apartándome a mí en el acto.

-¿Cómo te atreves a decir una cosa así? Mi hija jamás abandonaría su familia, nos quiere con locura.

-Sabes que yo nunca miento, y si no ve a casa a comprobarlo...

-Por tu bien que sea cierto o te las verás conmigo.

-Dios no lo quiera.

Y José salió por la puerta corriendo como alma que lleva el diablo. Yo salí disparado detrás de él repitiendo la misma escena que había vivido unos meses antes. Intenté persuadirle, y tan pesado me puse que me metió un puñetazo y en el suelo me dejó.

Cuando me levanté era de noche aún, salí corriendo a casa de Martinita, al llegar encontré la puerta abierta, entré y me dirigí al salón donde la madre de Martinita, con un ojo morado, estaba delante de ésta para protegerla. Martinita, estaba agachada llorando y con la cara ensangrentada y José tenía una pistola en su mano.
Ya estaba casi a su lado cuando se escuchó un disparo, me quedé paralizado, inmóvil, el cuerpo de la madre de Martinita se desplomó. Martinita empezó a gritar como una loca y se avalanzó sobre el cuerpo de su madre recibiendo otro disparo.

En ese momento pude reaccionar, le aparté de un empujón y me tendí sobre las dos mujeres, aún llegué a tiempo de escuchar a Martinita decirme: “Tito Tonio, no pasa nada, ahora descansaré”

Me giré con intenciones claras de matar esa mala bestia que había cometido esa monstruosidad, pero no hizo falta. Él mismo tenía ya la pistola en la boca, un segundo después una tercera bala dejaba otro cadáver.

•••

Como pueden imaginarse ustedes, a mí me costó recuperarme de aquella noche, los tres fueron enterrados y por petición expresa mía José fue enterrado apartado de su mujer y su hija.
Yo malviví como pude unos años y creo que nunca he llegado a superar la tragedia. Pienso de verdad que fui culpable al igual que el resto de los vecinos que conocíamos la situación de la pobre Martinita y su madre. No quisimos hacer nada, o lo hicimos tarde y mal. Pero ya se sabe, hace cuarenta años...

San Valentín

Hoy no es 14 de febrero, es el día de San Valentín.
Tengo que ser responsable y estar con todas. No puedo despistar ninguna pues todas ellas son importantes. Es lo que tiene ser adulto, tengo la responsabilidad de asegurar mi futuro y para ello las necesito a todas. Son las páginas de mi libro de Historia.

Abro la tapa que reza: Historia, por un momento me pareció leer “de mi vida”, pero no fue más que una ilusión. Tema uno, la inocencia se viste de ilusión, todo son buenas intenciones y un amor a primera vista, todo es bonito, pero empiezo a notar que necesito terminar este tema, me agobio. Finalmente lo acabé, me siento aliviado, ni siquiera leeré este capítulo de nuevo

Segundo tema, comienza como todos, con ilusión. Éste es cortito, mucho, demasiado. Siento que estoy disfrutando, que puede ser el bueno, pero de repente, ya no está, se ha desvanecido y otro lo disfrutará. Estoy desanimado, triste y sin camino... ¿cuánto me queda aún?
Lo dejo, ya estudiaré en otro momento, ahora no tengo ganas.

Ha pasado el tiempo, hacía demasiado que no abría el libro, este es el último tema, he aprendido cosas y no dejaré que nada estropee éste, es demasiado bueno, cada línea que leo es una anécdota divertida, intensa... Cada foto un regalo para mis ojos: los suyos, su boca, su pelo... Cada página es un placer, su olor; y a cada segundo que pasa más miedo me da acabar. Llevo algún tiempo y no me canso, me ha cautivado, aún no he terminado y sin embargo sé que acabará...

Este es mi libro de Historia, este es el libro de mi Historia.