Wednesday, March 7, 2012

La Ciudad de la Estatua

Estoy sentado en la silla que mira a mi escritorio. Encima de él, un montón de papeles arrugados que irán a la basura. Dentro se hayan encerrados millones de intentos de sacar algo genial y fantástico, algo que diga que aún estoy vivo, que al menos mi mente sigue funcionando como hasta ahora, que aún soy aquel que tenía algo que aportar al mundo.

Apuro la copa de whisky y la dejo encima del escritorio. Cojo la cazadora y salgo a dar un paseo. “Esta ciudad es un congelador, terminará matándome”
Empiezo a caminar sin ningún tipo de dirección, al azar, como muchos de los viajes fantásticos que acaban en algo inesperado.
Mis pasos parecen guiarme al río. Camino tan absorto en mis pensamientos que no podré rememorar lo que medito nunca más.

No muy lejos de mí se ve la Seu Vella, imponente, reinando por encima de la ciudad, vigilante, al acecho de cualquier historia digna de ser contada. Y como no, me dirijo a ella desoyendo las recomendaciones de los nativos de no acercarse de noche.

Por el camino veo gente por la calle, borrachos y sin techo vagando como muertos vivientes por la ciudad en busca de la comprensión que el mundo les niega. Caminando por los rincones, recordando cómo cayeron en la desgracia de dormir sin techo con -7 ºC, maldiciendo la suerte que les deseó la desdicha de sufrir en la mayor de las indiferencias.

Prosigo mi camino hasta mi parada, la Seu. Desde allí se puede observar la ciudad de Lleida entera, de norte a sur y de este a oeste puedo contemplar una ciudad semicubierta por la niebla. ¡Oh que fantástico espectáculo! Un mosaico de casas iluminadas de forma difusa se extiende a mi alrededor, envolviéndome, aislándome del mundo. El puente levitando sobre el río allá al frente, Els Camps Elisis…

Y claro, esa misteriosa figura que me observa. Siempre lo ha hecho, ¿se dejará ver hoy? Giro la cabeza hacia ella, pero ya se ha movido, está en otra parte. ¿Dónde habrá ido? No entiendo qué le lleva a ir detrás de mi cada vez que salgo a pasear. Me produce cierta inquietud, pero no llega a ser una molestia ya me he acostumbrado.


Se escapan tus ideas en la tierra.
Surca el cielo tu esperanza fugaz.
El que no pertenece a este mundo,
privado de sentir se haya.


Noto un sudor frío recorriendo mi cuerpo. Me giro y ahí está, oculta por las sombras, la misteriosa figura que me sigue con ahínco. De pie, con una capucha. Avanza hacia mí. Me gustaría moverme, pero no puedo, tengo todo el cuerpo en tensión, cada fibra de mi cuerpo se encuentra paralizada.

Por fin se quita la capucha y me deja ver su rostro. Mis ojos quieren salirse de su sitio. No puede ser…
Un cuerpo humano que termina en una cabeza de león. Tiene una larga melena que le sale de la parte más alta, como si de pelo humano se tratase. Por detrás puedo detectar el movimiento de lo que debe ser su cola.

A pesar de lo imponente del ser que tenía delante, no podía dejar de maravillarme, era majestuoso, bello en cierta forma. Seguía quieto. Me encontraba en un doble estado de terror y admiración a la vez.

-¿Qué eres?

Por respuesta no obtuve más que una profunda mirada que penetró en lo más profundo de mi ser. Noto perfectamente como analiza cada centímetro de mi mente. Hasta mi subconsciente… Pensamientos, imágenes, fantasías que yo no conocía comienzan a fluir entre los dos cuerpos para terminar entrando dentro de él.

Gano ligereza. Mis pies siguen pegados al suelo, pero mi mente comienza a volar. Estoy en el paraíso, en un estado de liberación total donde la nada más absoluta me envuelve. Ahhhhhh que sensación más agradable.
No se cuanto tiempo llevo así, la verdad, pero tampoco me importa. Por fin soy libre, nada ocupa mi mente.

Espera. Estoy comenzando a ver algo, la imagen de mis padres y mi hermano se presenta ante mí. Me miran, y yo siento una calidez que jamás había sentido, como si el universo entero me estuviera abrazando ahora mismo, meciéndome, muy suavemente. “Por favor, haz que no acabe nunca esta sensación…”

Comienzan a desvanecerse ante mis propios ojos. Pero no me siento mal, la sensación de calidez desaparece, tampoco la recuerdo. Sólo sé que era muy placentera, sin embargo, rememorarla, volver a sentirla me es imposible.

Paulatinamente, aparece otra imagen, su pelo, sus ojos. “Oh, no. Ella no…”
Se acerca, despacio, muy despacio, apoya su cabeza sobre la mía sin que yo pueda moverme. Mis piernas muestran el primer indicio de flaqueza, creo que me voy a desvanecer. Me mantengo en el sitio, percibiendo su olor, noto su suave pelo posado sobre mi nariz.

Ella levanta la mano y me acaricia. “Esto es demasiado. No puede estar pasando”.
Noto lava hirviendo dentro de mi pecho. Apenas puedo describir la sensación, la fragilidad, la comodidad, una sensación de evasión completa. He perdido el contacto con la realidad por completo. “Sigue”
Y ella obediente, me mira a los ojos, sólo un instante, pero me transmite una ternura infinita. Vuelve a cerrarlos y posa muy suavemente sus labios sobre los míos. Me besa con delicadeza, los microsegundos en los que nuestros labios dejan de estar conectados noto una fuerza que me impulsa hacia ella, y vuelve a besarme…

No puedo más. El calor que sentía es ahora mucho mayor, ¿qué pasa? Todo parece explotar. Algo está saliendo de mí.
Lo siguiente que veo es al león con la boca completamente abierta, enorme, como un agujero negro abalanzándose sobre mí. Paralizado, incapaz de hacer de nada, me quede absorto mirando su boca, hasta que finalmente me absorbe.

Los rayos del sol calientan mi cara, aunque aún hace frío. Abro los ojos. Todo ha pasado ya. Estoy mirando la ciudad desde lo alto. No siento nada. No noto ninguna presencia a mi alrededor, parece que se ha ido ya.
Quiero volver a casa, pero no puedo estoy paralizado. No sé que pasa… Pero no me importa… Me-me-me estoy c-c-c-omo a-a-a-pa-gan…


*******


El día es soleado. La verdad es que es un lujazo tener un día de primavera así para poder pasear con mi hija. Hoy la voy a llevar a la Seu, la catedral que tanto orgullo me produce. Tantos siglos de historia, tanto que contar sobre ella…

-Mira hija, que catedral más grande.

-¡Ala papá que chuli! ¿Y esa estatua quién es?

-¿Cómo que esa estatua? Nerea, cariño, aquí no hay ninguna estatua.

La niña, miró a su padre y a la estatua repetidas veces, como para cercionarse de que su padre no le estaba tomando el pelo.
Al ver que su padre la miraba algo asustado, se soltó de su mano, y se acercó a la estatua. ¿Cómo podía ser que no la viera su padre?

En ese instante notó por primera vez en su vida que la observaban. Tenía cinco años, pero era muy lista y sabía que algo había. Miró en todas direcciones, pero sólo vio a su padre que la seguía desde la distancia perplejo, y la estatua.

La acarició muy suavemente, y al hacerlo, notó algo raro, como si le fuera similar el tacto de aquel hombre mirando al tendido. Se separó un poco y fue cuando pudo ver una inscripción en el suelo.

Se escapan tus ideas en la tierra.
Surca el cielo tu esperanza fugaz.
El que no pertenece a este mundo,
privado de sentir se haya.

Volvió a notar una mirada penetrándola. Pero ya no le dio importancia.
Tuvo la extraña sensación de que pertenecía a aquel lugar y que no debía marchar nunca.

Se dio la vuelta, sonrió a su padre (atónito ante lo que estaba sucediendo), y le dijo:

-Papá creo que quiero ser escritora.

El padre, más tranquilo, le respondió a su hija que le parecía estupendo. La cogió y la subió a sus hombros para proseguir la visita.
Mientras se alejaba, la niña seguía mirando la estatua fijamente.
“Te prometo que volveré.”

Monday, February 6, 2012

El taxista

Nieva una noche más. Y ya son tres seguidas. Aaaaayyyy… ¡Qué vida esta! Llevo treinta años trabajando como taxista y en mi vida había visto nevar, y ahora que estoy en mi última semana antes de jubilarme, no para de hacerlo. ¿Será que se despiden de mí?

Es curioso. Cuando dedicas toda una vida a una misma profesión acabas añorándola. También puede ser que me esté haciendo viejo y cualquier cosa pasada me parezca mejor.

Pero, ¿por qué empecé con esto? Seguro que más de uno no puede ver el placer de noches interminables al volante, con la radio como única compañera, cogiendo a extraños y llevándoles al trabajo o a sus casas donde podrán descansar con sus familias.

Verán ustedes, les voy a contar una historia. Espero que entiendan la magia que ella encierra pues he consagrado mi vida a mi profesión, y ésta a lo único que mantiene vivo este caos que hoy llamamos mundo, a esta historia que otros llamarían amor.

Cuando empecé yo tenía 20 años, corría el año 67, supongo que no necesitan antecedentes políticos y sociales sobre la época. Las cosas estaban delicadillas a pesar de que poco tenía que ver con lo que habían vivido mis padres.
Y es así como entré en el mundo, mi padre era uno de los primeros taxistas que hubo en este país, cuando aún no existía ni el gremio. Él murió. Así que para salir adelante un servidor sin estudios, ni ganas de tenerlos, adquirió el negocio y se echó al ruedo.

Tengo tantas y tantas anécdotas que podría contar… Pero vamos a la que nos ocupa, y que hizo que me enamorase de este trabajo. Era el año 83, concretamente nos situamos en las navidades de ese año. Se respiraba cambio en el país y algo de jovialidad y felicidad. Por fin éramos “libres”.

Eran las diez de la noche cuando cojo a un chavalín de veinti tantos años que me pide que le lleve a la calle de la Morería.
Yo, que ya tenía unos años de profesión, intenté ganarme una propinilla extra.

-¡Qué amigo!, ¿de fiesta con los amigos? –Sabía positivamente que no era así.–

-No exactamente.

¡Pobre! –Pensé para mí. No podía parar quieto en el sitio.–

-Aaaaaaamigo. Usted lo que tiene es una cita.

-Me ha pillado usted. Que pasa, ¿se me nota mucho?

-¡No hombre, no! Es que llevo ya unos cuantos años en esto y uno se empieza a percatar de cosas que para otros son inapreciables.

Lo dejé pasar un rato en silencio, antes de volver a la carga. Tampoco quería agobiarle.

-Oiga usted, perdone que le vuelva a molestar. Y… ¿es guapa?

-No se lo imagina usted, siempre lo fue, desde pequeñita.

-¡Pues sí que lleva usted tiempo colado!

-Bueno, todos tenemos un amor platónico, ¿no?

-Sí, eso es cierto… En fin amigo, ya hemos llegado, le dejo por aquí mucha suerte y que le vaya bien.

-Muchas gracias. Tome, quédese con el cambio, me ha hecho pasar un buen rato.


Y así dejé al chico en la calle, con ese brillo en la mirada que da el amor. Indefenso ante la vida que aún tenía tanto que enseñarle. Vi cómo entraba en un restaurante de la calle que bajaba, y seguí mi camino.
¡Juventud, divino tesoro! Todos creemos que podríamos hacer un libro con las historias que nos suceden. Alguno bueno saldría.

En fin, unas horas más tarde pasaba yo por la calle Mayor, a la altura de la plaza de la Villa, cuando me para una chiquilla.
Me dio una dirección y partí. Cuando llegamos a Sol paramos en un semáforo, y miré por el retrovisor a mi pasajera.
Una chica con el pelo liso largo, morena. Unos ojos como dos lunas llenas, de color castaño, pero empañados en lágrimas.
Me sentí fatal, ¡pobre chica!

-Oiga usted, que sepa que es pecado que una chica tan joven y tan bella llore de esta manera. Le desluce esos ojos que tiene usted.

La chica no pudo evitar que se le escapara una sonrisa. (¡Y qué sonrisa, podría iluminar el día más negro).

-Es usted muy amable. Pero está bien, no pasa nada, no se preocupe.

-Mire usted que la vida dura muy poco y no merece la pena sufrirla. Y menos por un chico, mujer.

-Es usted muy listo…

-No mujer, son las canas que me empiezan a aparecer. ¡De algo tenían que servir!
¿Qué hizo ese chico, la abandonó?

-No, directamente no me quiso nunca.

-Perdone que se lo diga, pero es complicado creer algo así.

Volvió a sonreír. Me sentía bien consolando a la pobre chica.

-Pues él lleva muchos años. Y cuando parecía que se había decidido, resulta que no… Que triste… Yo esperando y ahora… Míreme, llorando como una cría.

-Señorita, si algún día la humanidad deja de llorar por estas cosas, es que vamos muy mal. No se preocupe usted, que ya verá cómo esto le vendrá bien, adquirirá usted madurez para cuando venga el bueno.

- No sé yo qué decirle.

El semáforo se puso verde y volví a arrancar el taxi.

-Oiga mire, le tengo que pedir un favor, ¿me lo concederá?

-Bueno… ¿De qué se trata? –Dijo la chica un poco reticente.–

-Verá, mi hijo salía hoy de fiesta a casa de unos amigos cerca de donde me cogió usted, y le tengo que ir a recoger. Se hace un poco tarde y debería ir a por él. ¿Le importa que de la vuelta? No tenía pensado cobrarle el viaje, y luego la dejaré en casa, prometido.

-Mmmmm. Bueno vale…

-Muchas gracias.

Así pues, di media vuelta y me dirigí hacia las Vistillas, dejé aparcado el coche en un lado de la calle.

-Espere aquí un momento. No cierro por si usted no se fía y se quiere escapar.
–Bromeé.–

Y sin más saqué las llaves del coche y salí.
Crucé la calle Bailén por el medio, como era casi media noche apenas había coches que pasaran por allí. Bajé por la primera calle y allí le encontré, sentado en el bordillo de la calle, mirando al tendido.

-Venga vamos, que te llevo. Tengo el taxi allí aparcado. Además te voy a presentar a una amiga que acabo de conocer.

-P-p-ero…

-No hay más que decir, ¡venga! –Corté sin dejarle acabar.–

Se levantó y me siguió calle arriba hasta el taxi. Cuando nos acercábamos, la chica salió del coche con la boca abierta.

-¡¿Pero qué?! –Acertó a decir.

El chico se paró de súbito al darse cuenta de quién era. Lo cogí por el brazo y tiré de él. Antes de soltarle, le dije en bajito. “A ver si cumple usted ahora, que me ha hecho perder dinero”. Y lo empujé lo justo para que llegara donde estaba la chica.
Y se quedó allí parado, sin hacer ni decir nada. “No me lo puedo creer, será paleto”
–Pensé yo.–

-¿Qué haces con el taxista? –Acertó a decir la chica.– ¿Me lo…?

No pudo terminar, el chico que había dejado unas horas antes allí mismo, por fin había reaccionado: la besó. Pero lo hizo con mucho cuidado, venerándola, tocándole la cara, como si se tratase de una figura de porcelana. Temeroso de romperla.
Ella cerró los ojos, lo rodeó con sus brazos y se dejó llevar, y a partir de ahí yo y todo el mundo a su alrededor dejamos de existir.

Después de un rato abrazados parecieron volver a la realidad y miraron a un lado y a otro de la calle buscándome. Yo me había apartado a la acera de enfrente para fumarme un cigarro y dejarles intimidad.
Cuando se dieron cuenta de donde estaba me hicieron una seña para que me acercase. Me levanté y mientras me acercaba les dije mirándolos.

-Bueno señorita, ahora sí que la puedo llevar a su casa como la prometí.

Los dos rieron. Subí al coche seguido de ellos y les conduje en silencio a la dirección que me había dicho antes la chica. Cuando llegamos ésta bajó. El chico paró un momento antes de seguirla.

-¿Cuánto le debo?

-Mucho. Al viaje sin embargo, invito yo. Sería un crimen cobrarles hoy.

-Gracias amigo.

-Para eso estamos. Soy taxista, ¡al servicio de la ciudadanía!

El chico rió y bajó del taxi. Yo seguí mi camino sintiéndome muy bien conmigo mismo, y con un único pensamiento en la cabeza: “Soy taxista”.

Thursday, September 22, 2011

Nana de olvido

¿Cómo eras?, que ya no te recuerdo. No veo más que una triste figura, al mirarte no me llegan imágenes de ti. Sólo tengo una sensación, una efímera certeza de que no eras lo que veo.

Recuerdo… recuerdo una sonrisa, ¡sí eso, una sonrisa! Y-y-y-y… ¿Que más? A ver, a ver…
¡Ah sí! Alguna frase tuya, coletillas que usabas. ¡Sí, ya lo tengo!

Nos gustaba jugar, correr. Reíamos sin parar, todo el rato, no había momento en que no lo hiciéramos, ¿por qué no íbamos a hacerlo, no? Teníamos tantos motivos para ello.

Nos encantaba mirarnos, también lo hacíamos mucho, y nos acariciábamos… Salíamos de paseo o a la compra sin ningún tipo de pereza, porque estábamos bien. Sin duda fueron grandes momentos. Eras graciosa, inteligente, con un punto canalla que se reflejaba en tu pícara mirada.

Apenas sabíamos nada el uno del otro, y sin embargo, nos conocíamos. Bastante bien además. Adivinábamos que pasaba por la cabeza del otro casi sin quererlo, y compartimos secretos extraños, aunque nos callamos alguno.

Conocíamos los riesgos, y los problemas que traería. Y fue ante éstos que empezamos a ser tú y yo. No hubo más nosotros. ¿Qué fue lo que pasó?

Poco importa ya. Me quedan bonitos… bonitos… ¿Qué era?
Te vuelvo a mirar y se me olvida todo, no te conozco. ¿Qué fue lo que vivimos? Tengo la sensación de que fue importante. Al menos en su momento, sí. Pero… ¿qué?

Ya no sé. Mis recuerdos yacen lóbregos y taciturnos. Busco en tus ojos mi memoria, pero sólo encuentro una triste barca en la que me hallo, navegando a la deriva en un frío y oscuro mar. Apenas me muevo, o si lo hago, es a ninguna parte. No encuentro tierra firme. Nada queda.

Saturday, September 10, 2011

Vivan, sientan, vivan.

No somos lo que parecemos, no lo somos. Detrás de cada gesto que realizamos, puede esconderse una segunda intención. Puede ser un anhelo, una esperanza, la esperanza de que eso que hacemos, de pie a un cambio importante en nuestra vida.

Hay conversaciones que cambian el modo en que vivimos, palabras, que deciden el destino de todo un pueblo, y que sin embargo, carecen de sentido. Pero hay otras que valen, valen mucho más allá de lo que una negociación pueda valer, un único: “Tranquila todo irá bien” consigue apaciguarte en un momento dado, o un: “Eh, tio, ¿estás bien?” sirve para que mejores.

Y aún siendo esto cierto, no hay nada como un gesto. Cualquiera vale, una leve inclinación de cabeza, fruncir el ceño, o lo que más nos gusta, una mirada. Ese momento íntimo aunque estés rodeado de gente, en el que los ojos de otra persona se cruzan con los tuyos y hay una comunicación instantánea, un gota en el tiempo en la que vives una emoción. No serás capaz de traducirlo a palabras. Porque no se puede, la estás sintiendo, y eso… eso ni el mejor poeta puede plasmarlo. La sensación…

Después le contarás a alguien como fue ese momento y ella te entenderá, pero no porque le hayas explicado bien cómo fue o qué sentiste, sino porque lo habrá vivido. Rememorará un instante similar con una persona que es especial sólo por el hecho de haber sido parte de un algo que sólo ellos entienden.

No sé a dónde pretendo llegar con esta reflexión, no sé si es tal siquiera, puede que sea la nostalgia de esos momentos. Pero sí tengo una idea aproximada de lo que quiero, intento que sea un regalo, que saquen de aquí una sonrisa al pensar: “Sí, sé de lo que habla. Era verano, en el parque de al lado de casa con…” o quizás sea: “Yo tengo el mío con… No sé cómo todos éstos no se dieron cuenta, si estábamos ahí mismo, delante de ellos…”

Ojalá consiga mi objetivo pero si no es así, al menos podré decir que lo he intentado. Les invito con todas mis fuerzas a que sientan, sientan mucho de todo, pero a poder ser, sientan acompañados, atesoren momentos como el que les he descrito cuantos más mejor. Significará que están vivos, no se puede pedir más.

Tuesday, July 5, 2011

Yo contra la filosofía.

Pues sí. El que me conozca dirá que me he vuelto loco o que soy un hipócrita y en ningún caso mentiría, ¡para qué negarlo! Caigo con este título en una doble contradicción, la primera es de sobra conocida, me encanta la filosofía, la segunda es que para atacarla caeré en la desdicha (bien dicha) de filosofar.

Y es que, aún bajo los efectos de una película interesante y la lejanía de mi tierra, me dispongo a atacar a aquello que tanto me ha dado y tanto he disfrutado, la filosofía, maldita por muchos por diferentes razones (mayoritariamente medias para carreras alejadas de las letras). Y es que, tantos siglos de filosofía rebuscada, doblada y desdoblada, retocada, mirada y abolida no han aportado nada que no nos diese, el que, desde mi humilde (en este caso más que humilde, insignificante) opinión, es el padre de la filosofía (y único filósofo verdadero), Sócrates.

“Sólo sé que no sé nada” (disculpen los señores de la RAE las tildes, inculto en rebeldía me hallo). Esta frase (a la que alteraré el significado) es una realidad como un templo. Primer filósofo del logos, Sócrates, no decía más que Frankl al desarrollar su logoterapia. El hombre busca un sentido a su vida.

Y permítanme negarles esta posibilidad, porque agnóstico yo, casi ateo, considero que después de la muerte poco veremos, y es ésto, lo que quita el sentido a la vida, pues una vez muertos poco importa lo que hayamos amado, odiado, construido, legado, y un largo etc de participios… No estaremos para ver en qué hemos influido, y si vamos un poco más allá cuando el ser humano (invasor por naturaleza) perezca, ¿quién dará sentido siquiera histórico o colectivo a nuestras obras?

Y es aquí donde quiero llegar, no piensen que soy un pesimista (nadie me desee ese mal). Sólo trato de plasmar lo absurdo de que nuestra felicidad se base en un sentido de la vida. Nos ha tocado vivir por azar, creo que no para dar un sentido a una existencia efímera, si no por nada, y lo mejor que podemos hacer es disfrutar al máximo, no para que tenga sentido, para ser felices, desde mi punto de vista, mejor juntos que separados (a pesar de que parece no estar de moda).

Platón justificó el sentido de la vida más allá de la propia vida, Aristóteles (predecesor del materialismo, por no decir primer materialista) dio a la felicidad carácter de sentido vital, cercano a mí, sí, pero no igual, pues ésta volará con la muerte (mayor de los sinsetidos existentes). Y a partir de aquí, cada uno maquilló lo dicho y añadió cosas, sin decir nada esencialmente nuevo, religiones, Marx, Kant, y un largo etc…

Merece la pena pues vivir la vida, sin lugar a dudas. Lo único que no por el sentido que pueda tener, si no por lo que nos hace disfrutar la felicidad que encontramos en ella, sentimientos (todos buenos, aunque no todos representen momentos positivos), que nos convierten en el centro del universo entero. Y si no tuviese esa felicidad, la buscaría para recordar cómo es, si jamás la hubiese conocido removería el mundo para sabe cómo es. No me derrotaría, y no buscaría un sentido al sufrimiento, pues no lo tiene, al igual que la vida, existen y como tal debemos aceptarlos. Vale.

P.D.: pido disculpas si alguna identidad se ha sentido ofendida.
P.D.1: me disculpo también por los bostezos, ralladas y demás sensaciones incómodas que haya causado, además de la ida de olla.

Sunday, June 12, 2011

Carta un amigo I

Las dos menos cuarto de la madrugada y aún no duermo, y es que amigo mío aún me acuerdo de ti. Cierto es que he dejado de soñar contigo todos los días, que ya no me duele demasiado pensar en tu ausencia o que dejé de llorar por ti.
Pero sigues ahí en mi cabeza, donde anidan anhelos de vida y felicidad, en el núcleo más íntimo y duro de mi persona, para bien o para mal, ahí estás.

No miento al decir que tuvimos muchos desencuentros, tanto me fallaste… Probablemente yo también, pero siempre te mostraste muy orgulloso de mí.
Recuerdo que tuvimos momentos geniales cuando era pequeño y reíamos y jugábamos juntos… ¡Y qué diantres aún puedo escuchar tu voz en determinadas situaciones y emulo lo que dirías sin problemas!

Es por eso que a veces creo que tal vez no fuimos justos el uno con el otro. Ya dudo si fuiste tan malo, pero no me engaño, nunca lo he hecho, me duele pensar la posibilidad de que no fueras positivo. A pesar de que soy como soy en parte gracias a ti, los medios no fueron los apropiados.

En resumidas cuentas, y es lo que importa, te echo de menos, ansío perdonarte, eso seguro, nunca es fácil odiar a quien se ha ido y menos si de verdad te importa, pero mi cuerpo y mi mente me dicen que no puedo hacerlo del todo.
Te seguiré queriendo amigo mío, más de lo que apreciaba en su momento, pero los recuerdos no se borran. Y es ahí donde sin saberlo, te enfrentas al mayor juicio de tu vida. Personas somos y en recuerdos nos convertiremos…

Friday, May 13, 2011

Elliot.

Hoy era un día feliz para Elliot por fin, hacía tiempo que no le mandaban un encargo, debía de ser una de las pocas personas que de verdad disfrutaba con su trabajo, y sin embargo, cada vez tenía menos.

Aquella mañana se levantó para hacer un ensayo, le gustaba hacerlo, se obligaba a sí mismo a mantener los pies en el suelo, a no confiarse, saber como moverse mejor por la ciudad, etc… Aunque él no se engañaba, lo hacía en cierta parte porque le gustaba, no, miento, amaba pasear, no había nada que le gustase más que salir y dar una vuelta.

Y en esa misma semana tendría la oportunidad de hacerlo como parte de su trabajo, ¿qué más podía pedir?
Se fue a una oficina céntrica de la ciudad, así recorrería la zona que tendría que seguir al día siguiente. Esperó un rato con sus cascos puestos, solía escuchar dos canciones diferentes, una para el entrenamiento, y otra para el trabajo de verdad. La del entrenamiento era “Have I told you lately” de Van Morrison, tenía esa calma que necesitaba (tampoco quería emocionarse el día antes) pero a la vez esa intensidad y sentimiento que son necesarios para meterte en tu mundo… ¡encontraba inspiración, vaya!
La segunda era una canción un poco más movida, por decirlo de alguna manera: “You’re gonna go far” de Offspring, porque tenía energía hacía que si estaba un poco adormilado se pusiera las pilas y si no lo estaba, mejoraba su autoconfianza, sus ganas de empezar.

Cuando acababan estas canciones, comenzaba. En el caso de hoy, que era un ensayo, escogía una persona al azar. Le gustaba esperar un poco a ver si veía una persona interesante.

Para aquellos que crean que viendo caminar por delante de ti a un persona, sin nada más, sin hablar dos frases siquiera, no se puede saber si es especial o no, Elliot lo tiene claro. Cuando se lo pregunté me lo explicó muy bien y tiene un buen argumento para contrarrestar a todos los que no lo creen: “Cuando vosotros veis a un grupo de personas que dan muchos gritos, vestidos de negro, con la cabeza rapada, alguno con cresta, etc, etc… ¿Qué hacéis, seguís en la misma acera o cruzáis?”

La gente normalmente se calla al instante al escuchar esto, incluido yo, y aunque hay alguno que niega la evidencia, por lo general, no. Entonces ees cuando él saca toda su lógica: “Pues lo mismo me pasa a mí con esto, escojo una persona sin saber si de verdad es especial, sólo que con una diferencia, vosotros estáis pensando mal y yo bien”.

Y así lo hacía, tampoco había muchas opciones de saber si de verdad eran o no especiales, para el tiempo que iba a estar con ellos, mejor casi no saberlo.

Pero volvamos a lo que nos interesa, ¿a quién cogería hoy? Se quedó un momento pensativo, tampoco quería hacer de esto un drama, ni que estuviera trabajando de verdad. Sin embargo, hacía tanto que no estaba en acción que no podía dejarlo sin más, a un cualquiera.

Pasó un rato, no tenía claro a quién coger, ¿hombre o mujer? Hombre, mañana tenía que investigar a una mujer… Pues ya está, una mujer. Bien, ya tenía el sexo pero ¿cuál? Vio varias chicas pasando por delante… no se decidía.

Por fin la vio, una chica normal, ¿guapa? Sí, pero vamos, que tampoco era nada del otro mundo. Castaña, ojos marrones, normalita vamos. ¿Qué le llamó la atención? La persona con la que hablaba por el móvil consiguió sacarla una sonrisa. Y eso fue bastante para Elliot.

Adelante, pues, empezó a seguirla. Puso una lista de reproducción en la que había una mezcla de todo, Beatles, Antonio Vega, Ketama, Zaz… Esta lista había ido siendo mejorada, poco a poco, con cada trabajo que había tenido que hacer.

Siguió a la chica por diferentes calles, el trayecto no estaba siendo precisamente bonito, y se estaba empezando a cansar.
Cosas de la vida, en un momento de despiste, se chocó con alguien, cuando levantó la cabeza para pedir perdón, se encontró con lo que jamás pensó que se encontraría, los ojos de la chica que estaba siguiendo.

-¿Que pasa, que no me vas a pedir perdón?

-Sí, sí, perdona. Lo siento, no me he dado cuenta de que estabas ahí. –Dijo algo confuso Elliot.

-¿Y ya?

-¿Ein?

-Normalmente no acostumbro a que me sigan, no sé cómo lo verás.

Elliot en este momento se quedó completamente a cuadros. Esto sí que no se lo esperaba.

-Eh- eh. No sé qué dices.

-Ella se rió. Bueno, al menos sé que no me quieres hacer nada malo, tenía una corazonada tienes cara de inocente. Me llamo Maite, ¿y tú?

-Elliot.

-Anda, mira qué bien, como el de la peli. Bueno mira, te perdono, invítame a una caña y lo solucionamos.

Elliot que en ocasiones normales ya habría salido corriendo, se encontraba tan sumamente desubicado, y perdido, que aceptó.
Como podéis imaginar, lo que iba a ser una caña, se convirtió en cena y la cena en un paseo a casa de Maite.

-Bueno Elliot, me lo he pasado muy bien, tienes mi número de teléfono. Espero tu llamada.

-No prometo nada. Sólo digo que intentaré llamarte.

Y con esta broma acabó uno de los encuentros más raros que había tenido en su vida.

Corrió a casa y se metió en la cama rápidamente, quería estar despejado para el día siguiente. A primera hora tendría que coger el sobre con la persona que sería su presa.

-Pffff lo peor de mi trabajo. –Pensó.

Comprobó que la pistola tenía puesto el seguro y la dejó sobre la mesilla de noche.


“Buenos días Madrid, son las siete de las mañana y hace un precioso día. Hoy os recomendamos un paseo por nuestro gran parque del Retiro.
Os dejamos ahora con Lucha de Gigantes del gran Antonio Vega, que siempre quedará aquí”

-¡Qué remedio! –Pensó Elliot.

Estaba terminando de afeitarse, ya había desayunado, se había duchado y tenía la pistola ya bien enfundada. Cuando hubo acabado se lavó la cara y salió de casa.
Cogió el coche, no sabía si su víctima iría andando o no.

Llegó al Retiro, a la parte que daba a la Puerta de Alcalá, allá esperó hasta que un hombre con una cazadora de cuero llegó con un sobre en la mano, se lo dio y se fue sin mediar palabra.

Elliot no perdió ni un instante, se metió en el coche y salió hacia su destino, venía puesto en el remitente. Era una manía de Elliot, le gustaba ir poco a poco, lo primero era llegar y luego ya conocería la persona con la que compartiría el día.
Esta vez había tenido suerte, le había tocado en la Castellana, cerca de la zona donde había conocido a Maite.

En este momento Elliot se quedó helado. “¿Y si nos encontramos? No podré cumplir mi misión. ¿Y si ve que sigo personas? ¿Qué pensará? No querrá volverme a ver nunca más… ¡Ay qué mal!
Bueno, tranquilo, no tiene por qué pasar nada.”

Llegó a su destino y aparcó en el parking del Corte Inglés de Raimundo Fernández Villaverde. Salió con el sobre en la mano y se colocó en un cristal apoyado para abrir el sobre con calma.
Sacó el informe para ver leer un poco el historial, lo ojeó sin mucho interés con la dirección y la cara le valía. El resto iba sólo.

Pasó las hojas y cogió la foto, la miró por encima y vio una mujer con un jersey amarillo de cuello alto y unas gafas. Se la veía un poco de lejos.

“Pues parece buena gente, no lo entiendo”

Apartó la mirada y comenzó a mirar a la puerta de la torre del BBVA a ver si salía.
Después de cinco o diez minutos, comenzó a aburrirse (no estaba acostumbrado a trabajar), volvió a mirar la foto...

“¿Qué estará haciendo Maite en estos momentos? Es curioso, un solo día y ya creo que va a ser la chica ideal para mí. Cada día estoy peor…”

¡CHIIIIIUUUNNN ZAS! Más o menos así me describió Elliot que sonó en su cabeza el proceso por el cual se dio cuenta de que la mujer de la foto, no era ni más ni menos que su querida Maite.

-No puede ser… Maite.

Empezó a no encontrarse bien, tampoco era tan malo lo que tenía que hacer, pero… ¿Es que no había más mujeres en toda la ciudad?

-Oye. –Dijo una voz.

Elliot sólo pudo mascullar un “¿Eh?” apenas perceptible.

-¿Te encuentras bien? Que sepas que tengo fotos en las que salgo mejor.

Elliot en este momento dejó de respirar, se le abrieron los ojos de par en par. Poco a poco fue levantando la mirada como si así la realidad fuera a cambiar, como si ese proceso de retroversión pudiera cambiar ese pelo, esa boca, la nariz, los ojos…

Cuando terminó de levantar la cabeza la vio claramente: Maite.




Elliot abrió los ojos en un casa que estaba decorada de forma muy peculiar, era de un estilo… como decirlo... la palabra que mejor lo define es “hippy”. No es muy correcto, ni literario, pero… no se me ocurre nada mejor.

Al poco de estar allí tumbado apareció Maite con una infusión que le dio a beber.
Elliot se incorporó y observó la casa, estaba muy tranquilo hasta que se dio cuenta de que no debía estar allí.

Giró rápido la cabeza hacia Maite.

-Holaaaa, ¡¿qué?! Vaya susto, ¿eh?

-Si, si. P-p-p-pero… eeeeehhh… te-te-te-te-te puedo explicar… eeeehhhh.

-Creo que no hará falta.

Elliot se sobresaltó, no sabía que hubiera más personas en el piso. Pero mucho más le extrañó (hasta el punto que se atragantó) ver a su cliente en la casa.

-¡¿Pero qué narices es esto?! –Exclamó Elliot.

-Que sepas que me debes el dinero que te adelanté. Te han descubierto incluso antes de que comenzases la misión.

-Eres muy malo. –Comentó Maite–. No entiendo por qué tienes tanta fama.

-Mi hermana tiene razón.

-¿Cómo que hermana? ¿Es tu hermana?

-Que poca profesionalidad, ni siquiera te leíste el informe.

-¡Sí que lo hice! Pero siempre me piden investigar a un “amigo”, a una “hermana” o a la “mujer de un amigo”. Cosas así. Siempre mentís.

-Pues mira, esta vez no. –Dijeron al unísono los hermanos.

-Pero... No entiendo nada.

Los hermanos se echaron una mirada de complicidad y procedieron a explicarle todo. Ambos pertenecían a un familia adinerada que se podía permitir gastar el dinero en tonterías. En este caso, el hermano quería averiguar qué le regalaría Maite a su madre por su cumpleaños.
Sí, sí, como lo oís. Maite era una persona muy detallista y siempre le hacía quedar mal, y esta vez su hermano quería ganarle. Así que, ¿por qué no contratar a uno de los mejores detectives de la ciudad para averiguarlo?
Dio con Elliot y le contrató, esa era la historia.

-Decidme que me estáis vacilando.

-Me temo que no. –Dijo Maite.

-Así es, mi buen amigo. Bueno, después de este desternillante momento, yo me voy y os dejo que os tendréis que poner al día. Ha sido un placer Elliot. Hermanita…

El cliente de Elliot desapareció y cuando se hubo cerrado la puerta de la calle se hizo el silencio.
Elliot se sentía tremendamente avergonzado, y Maite, divertida, observaba la escena.

Después de lo que a Elliot le parecieron horas, por fin se decidió a hablar.

-Jamás lo habría dicho.

-Bueno, nadie lo esperaría. ¡Que graciosa es la vida!

-Cuando quiere. Por lo que yo se, no suele… Vaya sorpresa que me llevo hoy a la cama.

-La vida no es como la teorizamos, Elliot. Es como es. Hoy sales de casa con ganas de trabajar y se te chafan los planes.

-Bueno, aún se puede arreglar el día.

-¿Si? ¿Seguro?

-Según lo que quiera la vida.

-¡Mira el tímido qué gracioso!

-No sé de qué me hablas. –Dijo riendo Elliot.

-Sabes lo que quieres.

-Sé lo que quiero, una lástima que quiera lo que no sé