Me despierto a las 6:30 hoy tengo que ir a trabajar otra vez, el despertador suena antes porque voy a otro centro de salud distinto al mío, distinto a casa. Es curioso cómo el médico hace suya una consulta, un centro de salud, un cupo, unas familias... Parece que si nos cambian de consulta ya no estamos igual de bien. ¿Qué tontería, no? Si todas las consultas son iguales; este sistema que ama homogeneizar, alienar a pacientes y trabajadores, hace los espacios físicos iguales, pero nosotros, en tanto que moradores de un hogar que no es nuestro, nos cambian algo y lo notamos. Creo que es porque sólo el extranjero nota los cambios. El que vive en un lugar no se da cuenta, no lo necesita, no tiene esa ansiedad de conocer todo porque ser de un sitio para esa persona no implica conocer todos los detalles, es una realidad ontológica desde que se nace o se es, pertenece a ese sitio y con naturalidad y sin presión lo asume, el que viene de fuera tiene que demostrarlo conociendo más y mejor que el que es de aquí.
Así pasa con los inmigrantes, que para ser españoles tienen que ser más españoles que nosotros. Tienen que pagar más impuestos que nosotros, tienen que trepar más balcones y salvar más niños que nosotros, tienen que jugarse la vida más veces que nosotros y contestar unas preguntas mejor que nosotros. Son mejores que nosotros y lo necesitan para aspirar a ser como nosotros.
Me ducho mientras afuera llueve, se cumple la predicción de los carteles de trafico de ayer cuando volvía de un puente corto y con ello parece llegar un augurio de semana. Nada empieza bien esta semana. Echo de menos a la médica con la que rotaba la semana pasada, pierdo un tren, los de azul vuelven a pararme...
Me subo al bus, son las 7:37, hora del mensaje... No lo escribo. En vez de eso escribo a mis amigos. Porque olvidar no es más que eso, sustituir una rutina por otra, deshabituar a la dosis diaria de aquello a olvidar y ya cuando no duele lo añorado y ha pasado a mejor vida en la memoria, reconstruir ese espacio desde el yo. Nos engañaron con el olvido, no se puede esperar dejar un hueco ahí, sería la afirmación de la no existencia de aquello que se espera perecedero en la memoria, así que la clave de olvidar es rellenar, intercambiar... y dejar pasar el tiempo. Además todo ello implica aceptación de que debe olvidarse. Es un proceso sano. Insufriblemente sano. No somos seres de olvido, de ahí que hayamos evolucionado así, es natural para nosotros recordar e imaginar en pasado, en presente y en futuro, probablemente como adaptación para supervivencia, pero trae sus efectos colaterales, sus perversiones. Los seres humanos pervertimos todo, me refiero en el sentido de adulterar las funciones naturales de las cosas, no en el católico.
Cojo ya mi libro y me pongo a leer, con suerte habré generado alguna sonrisa y algún chiste a mi costa con mi mensaje.
El autobús avanza por el sur de Madrid, el río marca la frontera entre los que aspiran a ser y los que no son. La clase media que se cree alguien y los que sabiendo que no son nada luchan por al menos conferir significado a sus vidas. Hoy llevo sus ropajes, en la cara una mirada cansada de lunes, de clase que levanta este país y encima tiene que dar gracias, yo tengo más suerte que ellos, más comodidades, pero esencialmente somos lo mismo y hoy miro algo vacío, desencantado con un paraíso que me vendieron y que no era tal, como ellos... Hoy más que nunca soy uno más en la rueda.
Llego al centro de salud y espero fuera como el resto de pacientes, que ya no son personas, son sólo pacientes.
Me gusta camuflarme entre la gente. No paso por la puerta, aunque está cerrada físicamente para mí no lo está, yo trabajo ahí yo puedo entrar cuando quiera. Pero prefiero esperar. Saludo: "buenos días". Apenas alguna mirada.
Va llegando más gente y los que saludan suelen pasar dentro, el resto se queda esperando pacientemente a que den las 8am. Al poco de estar ahí se oye lo que llevo rumiando un rato en la cabeza: "Solo les falta echarnos a escobazos, podrían dejarnos estar en la sala de espera".
La mujer que lo ha dicho se me aparece como mesiánica, tanta razón... Aquellos que proveemos salud intentando poner barreras, los tratamos porque de algo hay que vivir, que vengan lo cuenten rápido y bien y se vayan con su remedio si es que lo encontramos a su casa. No molesten, no pidan... Ni que eso fuera SU centro de salud, SU barrio...
Una mujer lleva unas Hunter casi hasta las rodillas para protegerse de la lluvia que fue y a esta hora de la mañana ya no es.
Estoy pensando que el problema de olvidar son los nuevos códigos que crean las personas a olvidar. Nuevos significantes, nuevos significados detrás de significantes antiguos. Como las Hunter: ya no son las que cazan, ahora son unas botas que tienen un contexto, una historia que me traslada al norte con la nieve y al mar; a un olor a perfume, caricias, una tarde en el cine... Las Hunter ya no son unas botas: nunca lo fueron para mí, antes no existían, ahora son no olvido provocado por mí.
Se acaban las horas, la noche cae, las página de mi libro también. Ordesa, esa historia de una soledad que no supo apreciar a sus padres cuando los tuvo y ahora no para de verlos en cualquier sitio, pienso que el autor es un tipo gris, hecho de monosílabos de frases acabadas con metáforas acabadas y una historia inacabada. ¿Qué pasa con Brahms y Valdi? ¿Qué pasa con ese premio? ¿Qué hace con su soledad? Preguntas sin respuesta.
Se me entornan los ojos, ahí está el olvido, al menos por unas horas. Últimamente estoy tan casado que no sueño.
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Monday, November 12, 2018
Saturday, November 3, 2018
Euskadi III
Las horas pasan y cada vez es más difícil justificar la injusticia del tiempo que parece transcurrir de forma distinta dependiendo de qué midamos. Se acaba vivir en el Norte, se acaba el tiempo de pensar, el tiempo para limpiar heridas de la rutina.
Donosti es una ciudad que da igual lo clasista que pueda llegar a ser, parece que siempre esconde un rincón para mí, un lugar en el que sentirse en casa. Donosti la antigua, la nueva, Donosti de montaña, de playa.
Paseamos después de comer hasta coger el funicular que nos llevará a un tiempo en el que éramos niños, por dos euros puedes subir en una barquita que amenazará con volcarse demasiadas veces en apenas 3' de trayecto, pero merece la pena sólo por ver a un amigo chocar los cinco con niños desconocidos, por sentir la adrenalina del no peligro, sentirse un poco pirata y todo con un atardecer de fondo que abriga como sólo él sabe, con nostalgia y noche fría.
Busco una buena posición, son ya muchos atardeceres y aún hay espacio para descubrir. El mar infinito del norte euskaldun sirve de cortina, un contraste sobre el que se despliegan los últimos colores del día. Hoy me ha fascinado cómo la luz puede pasar de colores cálidos a fríos descomponiéndose en infinitos matices que evitan fijar límites a cada franja. Mar azul, montaña negra, últimos rayos rojo oscuro que poco a poco se tornan naranja en su ascenso al hogar de algún dios despistado; algunos destellos amarillos parecen escapar hacia el cielo mezclándose dando un tenue color verde algo turquesa que se va enfriando hasta llegar a ser azul cielo de nuevo.
Según agoniza la luz se ve un violeta intenso en el horizonte, se ven más los verdes y ya casi desfallecido el día algún marrón. La vista se fija en lo que siempre estuvo en realidad, esos colores no hacen más que hacerse más patentes pero ya estaban ahí sólo hacía falta mirarlos. ¿Volveremos a mirarnos?
La noche lo envuelve todo, las estrellas aparecen intimidadas por las luces de Donosti y detrás de mí ha estado permanentemente un hotel de 4 estrellas muy estratégicamente situado para que sus clientes tengan esas vistas desde la terraza, calentitos... privilegiados.
Nadie mira, no obstante, a través de la ventana, quizás algún extranjero distraído que rápidamente se vuelve hacia su teléfono. Es triste, el dinero vacía todo. ¿De qué sirve aspirar a todo ese lujo si luego no eres capaz de disfrutar de un atardecer como el de hoy?
Llega el final del día y con él el del viaje está cada vez más próximo; poco a poco, el juego de luces ha iluminado pensamientos vagos, confusos y contradictorios que guardaré para mí. Conclusiones a fin de cuenta, fines que poco a poco consigo integrar y que deben quedar para mí.
Donosti es una ciudad que da igual lo clasista que pueda llegar a ser, parece que siempre esconde un rincón para mí, un lugar en el que sentirse en casa. Donosti la antigua, la nueva, Donosti de montaña, de playa.
Paseamos después de comer hasta coger el funicular que nos llevará a un tiempo en el que éramos niños, por dos euros puedes subir en una barquita que amenazará con volcarse demasiadas veces en apenas 3' de trayecto, pero merece la pena sólo por ver a un amigo chocar los cinco con niños desconocidos, por sentir la adrenalina del no peligro, sentirse un poco pirata y todo con un atardecer de fondo que abriga como sólo él sabe, con nostalgia y noche fría.
Busco una buena posición, son ya muchos atardeceres y aún hay espacio para descubrir. El mar infinito del norte euskaldun sirve de cortina, un contraste sobre el que se despliegan los últimos colores del día. Hoy me ha fascinado cómo la luz puede pasar de colores cálidos a fríos descomponiéndose en infinitos matices que evitan fijar límites a cada franja. Mar azul, montaña negra, últimos rayos rojo oscuro que poco a poco se tornan naranja en su ascenso al hogar de algún dios despistado; algunos destellos amarillos parecen escapar hacia el cielo mezclándose dando un tenue color verde algo turquesa que se va enfriando hasta llegar a ser azul cielo de nuevo.
Según agoniza la luz se ve un violeta intenso en el horizonte, se ven más los verdes y ya casi desfallecido el día algún marrón. La vista se fija en lo que siempre estuvo en realidad, esos colores no hacen más que hacerse más patentes pero ya estaban ahí sólo hacía falta mirarlos. ¿Volveremos a mirarnos?
La noche lo envuelve todo, las estrellas aparecen intimidadas por las luces de Donosti y detrás de mí ha estado permanentemente un hotel de 4 estrellas muy estratégicamente situado para que sus clientes tengan esas vistas desde la terraza, calentitos... privilegiados.
Nadie mira, no obstante, a través de la ventana, quizás algún extranjero distraído que rápidamente se vuelve hacia su teléfono. Es triste, el dinero vacía todo. ¿De qué sirve aspirar a todo ese lujo si luego no eres capaz de disfrutar de un atardecer como el de hoy?
Llega el final del día y con él el del viaje está cada vez más próximo; poco a poco, el juego de luces ha iluminado pensamientos vagos, confusos y contradictorios que guardaré para mí. Conclusiones a fin de cuenta, fines que poco a poco consigo integrar y que deben quedar para mí.
Friday, November 2, 2018
Euskadi II
Buenos días, buenas tardes y buenas noches por si no nos vemos luego.
Tendríamos que poder despedirnos por anticipado y que eso fuera una especie de contrato inquebrantable, un candado en la boca, en los teclados... un cerrojo a la memoria, a la imaginación.
Decir adiós y ya.
El Norte cala hasta los huesos, sólo aquí puedes encontrar tanto verde y estar tan cerca del fin del mundo a la vez. La vida y la muerte viven en una extraña simbiosis arrulladas por el mar. Un mar denso, negro, algo desflecado que da impresión de helar, un mar tranquilo hasta que llega a la costa y golpea fuerte contra las rocas grabando imágenes en forma de acantilados, carreteras formando perfiles abstractos que parecen cobrar forma de historias de aquellos que un día observaban esas mismas piedras sintiéndose minúsculos.
Las olas castigan la costa y cada gota es una imagen, recuerdos, ensoñaciones... todas ellas tienen un mismo sabor amargo Norteste.
Pintxos, calles, nostalgia de los paseos en familia, caricias, besos, abrazos...
Y mucho paisaje, mucha sensación de empequeñecimiento al borde de un acantilado pensando en saltar y echar a volar; que unas alas de fuego den a mi cuerpo esa libertad de flotar sobre la tierra, sobre la vida, borrar las ataduras materiales.
Mundaka, Gaztelugatxe, Zumaia, es igual... Un horizonte infinito lleno de suspiros purificadores sabor salitre, una extraña energía sin brío que sana... poco a poco va sanando, aunque aún no lo vea.
Cierro los ojos y castigas mi paz.
Abro los ojos... Buenos días, buenas tardes y buenas noches por si no nos vemos más. A ver si así queda todo dicho.
No ha acabado el día y ya tengo que empezar de cero.
Aprendiz viajando. Hasta la próxima.
Tendríamos que poder despedirnos por anticipado y que eso fuera una especie de contrato inquebrantable, un candado en la boca, en los teclados... un cerrojo a la memoria, a la imaginación.
Decir adiós y ya.
El Norte cala hasta los huesos, sólo aquí puedes encontrar tanto verde y estar tan cerca del fin del mundo a la vez. La vida y la muerte viven en una extraña simbiosis arrulladas por el mar. Un mar denso, negro, algo desflecado que da impresión de helar, un mar tranquilo hasta que llega a la costa y golpea fuerte contra las rocas grabando imágenes en forma de acantilados, carreteras formando perfiles abstractos que parecen cobrar forma de historias de aquellos que un día observaban esas mismas piedras sintiéndose minúsculos.
Las olas castigan la costa y cada gota es una imagen, recuerdos, ensoñaciones... todas ellas tienen un mismo sabor amargo Norteste.
Pintxos, calles, nostalgia de los paseos en familia, caricias, besos, abrazos...
Y mucho paisaje, mucha sensación de empequeñecimiento al borde de un acantilado pensando en saltar y echar a volar; que unas alas de fuego den a mi cuerpo esa libertad de flotar sobre la tierra, sobre la vida, borrar las ataduras materiales.
Mundaka, Gaztelugatxe, Zumaia, es igual... Un horizonte infinito lleno de suspiros purificadores sabor salitre, una extraña energía sin brío que sana... poco a poco va sanando, aunque aún no lo vea.
Cierro los ojos y castigas mi paz.
Abro los ojos... Buenos días, buenas tardes y buenas noches por si no nos vemos más. A ver si así queda todo dicho.
No ha acabado el día y ya tengo que empezar de cero.
Aprendiz viajando. Hasta la próxima.
Thursday, November 1, 2018
Euskadi
Estoy leyendo un libro gris, de esos que tienen frases cortas. Es un libro sencillo con frases simples y alguna palabra que consultar en el diccionario. El autor es un hombre triste o al menos eso ha querido reflejar en la novela.
El libro trata sobre la muerte, sobre el pasado y la soledad del presente después de pasar ambos. Manuel, que es el autor, echa mucho de menos a los que ya no están: a su padre, a su madre... Pero especialmente a su padre.
Estoy leyendo un libro mientras viajo hacia una parte de mí muy alegre, hacia el Norte, a Euskadi. La primera vez que estuve allí fue con mi padre irónicamente; Manuel nunca viajó con su padre y lo echa mucho de menos, y yo al contrario, sí que viajé con él y no lo extraño tanto.
En realidad Manuel y yo somos un mismo tipo. Un tipo al que le preocupan contenidos distintos. A ambos nos preocupa la temporalidad, a él el pasado y a mí el presente, a él su padre y su madre y a mí tú que sigues estando porque nunca te has ido.
Estoy paseando por Euskadi con el frío, la lluvia, los campos verdes... verdes aunque no tanto como tus ojos... o quizás sí... o quizás tus ojos ni siquiera sean verdes, no lo sé. Sólo sé que los recuerdo verdes y antes que verdes, recuerdo la luz que tenían cuando nos mirábamos.
Decía que paseo por Euskadi, por sus campos y soy muy feliz porque amo mucho esta zona; sus paisajes, su política con sus símbolos algunos de los cuales comparto. Pero es una felicidad vacía. Siento que soy feliz pero que me falta algo. Me falta poder escribirte en cada momento para contarte lo que hago y cómo lo vivo, me falta detallarte cada menudencia del día a día, hablarte de mis amigos y sus anécdotas, me falta decirte que te echo de menos, que tengo ganas de abrazarte, me falta que me hagas preguntas sobre lo que no sabes, que enumeres lo que me tienes que contar y pienses qué te queda por contarme, me faltan tus historias familiares y tus reseñas que no conozco para preguntarte yo o buscarlas por internet.
Quería ser tan conciso como Manuel, pero no me sale bien. Será por juventud, que aún siento que tengo algo que decirle al mundo, o peor, algo importante.
Sé que esto no es el fin del mundo, que no eres el fin al que caminaba mi destino, porque no creo que haya destino. Pero no entiendo tanta falta, ni tampoco los motivos. Puedo parecer frustrado... pero no... es más cuestión de resignación y tristeza. Mi abuela antes de olvidar casi quiénes somos, hablaba mucho de resignación, es un sentimiento que no me gusta, no lo odio... quizás... pero no me gusta nada.
Estás feliz y eso es incontestable. Como la gravedad, como el Norte. El Norte es incontestable por la fuerza de las olas, el viento, el frío que me calientan el alma.
Y me noto ufano al verte así, pensándote riendo sin control, aunque a veces no me siento así, a veces me gustaría demasiado poder tejer yo mismo la realidad de otra manera, de una en la que no fuera una tontería pensar en domingos despertándome a tu lado, saliendo a la calle a pasear o incluso con niños jugando a nuestro alrededor. Pero no sé coser tampoco, podría haber aprendido.
Todo esto es idiota lo sé, pero es real, porque la vida es idiota... o absurda.
El libro trata sobre la muerte, sobre el pasado y la soledad del presente después de pasar ambos. Manuel, que es el autor, echa mucho de menos a los que ya no están: a su padre, a su madre... Pero especialmente a su padre.
Estoy leyendo un libro mientras viajo hacia una parte de mí muy alegre, hacia el Norte, a Euskadi. La primera vez que estuve allí fue con mi padre irónicamente; Manuel nunca viajó con su padre y lo echa mucho de menos, y yo al contrario, sí que viajé con él y no lo extraño tanto.
En realidad Manuel y yo somos un mismo tipo. Un tipo al que le preocupan contenidos distintos. A ambos nos preocupa la temporalidad, a él el pasado y a mí el presente, a él su padre y su madre y a mí tú que sigues estando porque nunca te has ido.
Estoy paseando por Euskadi con el frío, la lluvia, los campos verdes... verdes aunque no tanto como tus ojos... o quizás sí... o quizás tus ojos ni siquiera sean verdes, no lo sé. Sólo sé que los recuerdo verdes y antes que verdes, recuerdo la luz que tenían cuando nos mirábamos.
Decía que paseo por Euskadi, por sus campos y soy muy feliz porque amo mucho esta zona; sus paisajes, su política con sus símbolos algunos de los cuales comparto. Pero es una felicidad vacía. Siento que soy feliz pero que me falta algo. Me falta poder escribirte en cada momento para contarte lo que hago y cómo lo vivo, me falta detallarte cada menudencia del día a día, hablarte de mis amigos y sus anécdotas, me falta decirte que te echo de menos, que tengo ganas de abrazarte, me falta que me hagas preguntas sobre lo que no sabes, que enumeres lo que me tienes que contar y pienses qué te queda por contarme, me faltan tus historias familiares y tus reseñas que no conozco para preguntarte yo o buscarlas por internet.
Quería ser tan conciso como Manuel, pero no me sale bien. Será por juventud, que aún siento que tengo algo que decirle al mundo, o peor, algo importante.
Sé que esto no es el fin del mundo, que no eres el fin al que caminaba mi destino, porque no creo que haya destino. Pero no entiendo tanta falta, ni tampoco los motivos. Puedo parecer frustrado... pero no... es más cuestión de resignación y tristeza. Mi abuela antes de olvidar casi quiénes somos, hablaba mucho de resignación, es un sentimiento que no me gusta, no lo odio... quizás... pero no me gusta nada.
Estás feliz y eso es incontestable. Como la gravedad, como el Norte. El Norte es incontestable por la fuerza de las olas, el viento, el frío que me calientan el alma.
Y me noto ufano al verte así, pensándote riendo sin control, aunque a veces no me siento así, a veces me gustaría demasiado poder tejer yo mismo la realidad de otra manera, de una en la que no fuera una tontería pensar en domingos despertándome a tu lado, saliendo a la calle a pasear o incluso con niños jugando a nuestro alrededor. Pero no sé coser tampoco, podría haber aprendido.
Todo esto es idiota lo sé, pero es real, porque la vida es idiota... o absurda.
Sunday, October 21, 2018
Espera
Ese instante entre el relámpago y el trueno esa pausa en la calle después de un frenazo, el silencio antes de un veredicto; notar el corazón en la garganta, el pecho golpeando fuerte, un vacío en la boca del estómago y el debate eterno conmigo mismo.
Eso era espera...
Hay una vela en nuestra burbuja que palidece mientras el poco oxígeno que nos queda va desapareciendo, amenaza con dejarnos a oscuras del todo; antes de habernos visto las caras, de habernos mirado, antes de haber alumbrado nada.
Y la burbuja cada vez es más porosa, se oye el ruido de fuera, el ruido de imposibles. Empieza a calar en nuestro hueco la lluvia, aquella a la que teníamos tanto miedo, quizás algún día nos demos cuenta de que sólo mojaba, que jamás podría habernos ahogado.
Esa incertidumbre antes de la sonrisa de un niño, el primer día de cole después de las vacaciones, la ilusión de una buena acción, el momento previo a entregar un regalo muy pensado...
Eso era espera...
Las señales, como el arte, como el paisaje, tienen más que ver con el que mira que con lo que son, las causas son cosa humana, las casualidades son cosa de la vida. Qué bonita fue nuestra casualidad y qué mal gestionamos nuestra causa.
La vela agoniza, la burbuja se deshace, poco a poco se cuela el sonido de coches, la luz gris del cielo nublado de Madrid, se acaba el Edén, queda un recuerdo, queda el sonido de los pájaros en la naturaleza, el olor a petricor, las montañas y la modestia que me hacen sentir, esa belleza de todo lo que hay ahí fuera.
Se me acaba la tinta, pero no a mi pluma que sigue pensando. Ya no hay vela, ni burbuja, pero quedan muchas cosas, la realidad, las ganas de soñar. Y también quedamos, en esas ganas de dormir abrazados, en la idea de madrugar un domingo, de descubrir nuestros respectivos mundos y otros allá afuera, queda la alegría de nuestros secretos, la energía después de los pocos momentos que tuvimos, queda tu sonrisa bajo aquella efímera libertad que disfrutamos.
Queda el recuerdo de esa vela y nuestra burbuja.
Queda esperar el futuro ese al que siempre espero.
Quedo yo, otra vez yo, como siempre, como una realidad militante.
Y llueve de nuevo, ya me puedo mojar, la lluvia me acaricia y me reencuentra con lo que soy, recuerdo ontológico diario, y de paso me camufla el alma o el corazón... y los ojos.
Mientras... espero...
Eso era espera...
Hay una vela en nuestra burbuja que palidece mientras el poco oxígeno que nos queda va desapareciendo, amenaza con dejarnos a oscuras del todo; antes de habernos visto las caras, de habernos mirado, antes de haber alumbrado nada.
Y la burbuja cada vez es más porosa, se oye el ruido de fuera, el ruido de imposibles. Empieza a calar en nuestro hueco la lluvia, aquella a la que teníamos tanto miedo, quizás algún día nos demos cuenta de que sólo mojaba, que jamás podría habernos ahogado.
Esa incertidumbre antes de la sonrisa de un niño, el primer día de cole después de las vacaciones, la ilusión de una buena acción, el momento previo a entregar un regalo muy pensado...
Eso era espera...
Las señales, como el arte, como el paisaje, tienen más que ver con el que mira que con lo que son, las causas son cosa humana, las casualidades son cosa de la vida. Qué bonita fue nuestra casualidad y qué mal gestionamos nuestra causa.
La vela agoniza, la burbuja se deshace, poco a poco se cuela el sonido de coches, la luz gris del cielo nublado de Madrid, se acaba el Edén, queda un recuerdo, queda el sonido de los pájaros en la naturaleza, el olor a petricor, las montañas y la modestia que me hacen sentir, esa belleza de todo lo que hay ahí fuera.
Se me acaba la tinta, pero no a mi pluma que sigue pensando. Ya no hay vela, ni burbuja, pero quedan muchas cosas, la realidad, las ganas de soñar. Y también quedamos, en esas ganas de dormir abrazados, en la idea de madrugar un domingo, de descubrir nuestros respectivos mundos y otros allá afuera, queda la alegría de nuestros secretos, la energía después de los pocos momentos que tuvimos, queda tu sonrisa bajo aquella efímera libertad que disfrutamos.
Queda el recuerdo de esa vela y nuestra burbuja.
Queda esperar el futuro ese al que siempre espero.
Quedo yo, otra vez yo, como siempre, como una realidad militante.
Y llueve de nuevo, ya me puedo mojar, la lluvia me acaricia y me reencuentra con lo que soy, recuerdo ontológico diario, y de paso me camufla el alma o el corazón... y los ojos.
Mientras... espero...
Tuesday, September 18, 2018
Imagino que me gusta el gato
Me gusta imaginar que jugamos
al perro y al gato
yo te sigo, tú me sigues,
ninguno finge
es cuestión de dos mitades
que cuesta que encajen.
Así que me imagino impertinente
y tiro para que me lleve la corriente
lejos, un poco al menos,
de este desconcierto
que no tengo por vivo
pues ser nunca quiso.
Pienso que es curioso
este mundo al revés tenebroso
en el que yo busco significados
a azares del pasado
e imagino bailando alegre seguiriyas
a ese que del absurdo hacía su día
Valle-Inclán ya ha pensado
cómo titular mi pájaro
ese que se entretiene y lía
con todo lo que sería,
con nuestros no recuerdos
hechos, lo sé gato, de mis enredos.
Así que ahí anda la Lola
con su moño, algo loca
viendo cómo deshila
esta maraña y se imagina
que desaparece la madeja.
Y el imbécil que se enreda
confía seguir imaginando
que la Lola y sus manos
se olviden de este viento
tan repentino y violento
y dejar de perseguir este gato
que uno sabe cuándo dejarlo.
Después de tanto escribir historias
Lola te pido que me hagas una bonita
de esas en las que no imagino,
que ya me llevas liando desde niño
y no soy perro de gatos
ni de pájaros
ni de sapos
ni de asados,
así que mientras me aclaro,
querida Lola, mantenme a salvo
por una vez seamos sanos
el gato que se ande con aquel gato
aunque no nos guste, así todo ordenado,
yo voy andando,
y por el camino gano
ese gato hermano
que quizás con suerte, conociendo mis
atajos,
yo me sigo imaginando con el gato.
Sunday, September 2, 2018
La revolución de los significantes.
"ROBERT:
Lehman Brothers ci scommette.
“Voto a favore”
All’unanimità.
E avanti allora con il nuovo marketing:
l’importante è vendere,
l’importante è che le casse si riempiano,
l’importante è che la gente compri,
e se “Standard & Poor’s”
ci tiene il termometro fisso sotto il braccio
anche noi ce l’abbiamo un termometro
eccome
e sono i supermercati.
Super store.
Mega store.
Manifesti pubblicitari grandi come case.
E un fiume di soldi che scorre tutti i giorni
come un mare
un oceano
gigantesco
sterminato
di bandiere Coca-Cola
rosse
rosse
rosse come quelle della Russia
rosse come quelle della China
rosse come l’invidia di tutta quella parte di pianeta
che sotto la falce e sotto il martello
si rode
eccome
di non poter comprare
but I have a dream,
yes I have a dream
ed è di vendere prima o poi anche a voi,
vendere
vendere
vendere
a tutti quanti carrelli pieni
senza distinzioni
bianchi e neri
non deve più far differenza:
siamo tutti uguali
perché tutti abbiamo il portafogli
vendere
vendere
vendere senza primi
e senza ultimi senza posizioni
uomini e donne
non deve più far differenza:
siamo tutti uguali perché...
... perché tutti abbiamo un conto in banca
I have a dream,
yes I have a dream
ed è che tutti i soldi d’ora innanzi
siano uguali
sotto il sole
e
non solo sotto il sole,
perché la NASA ci ha chiesto soldi
per mandare un uomo sulla Luna:
I have a dream,
yes, I have a dream
ed è far soldi anche lassù.
Bobbie sorride.
Lehman Brothers in eterno.
Poi si morde il labbro.
Lehman Brothers in eterno.
Bobbie hai capelli bianchi.
Lehman Brothers in eterno.
Ma dopo di me con chi?"
Las luces del teatro se apagan, comienzan los aplausos, la gente empieza a levantarse de su silla para vitorear a seis actores que han llenado las carnes de 138 personajes, 6 de ellos de la familia Lehman, y yo me he quedado absorto en un fragmento de la obra, ese fragmento que me parece tan cierto, ese, que habla de la igualdad entre hombres y mujeres, blancos y negros... todos y iguales porque... porque tenemos una cuenta corriente: porque podemos comprar.
Tomé consciencia por primera vez de lo que es una Revolución leyendo a Gramsci, que no hacía más que reproducir una noción marxista (presente en el Manifiesto Comunista, que se me escapó en su momento) y lo hice porque Gramsci habló del cristianismo, habló de éste como una revolución en el culmen porque había conseguido una hegemonía cultural tal que había cambiado las formas filosóficas, morales e incluso de consumo. Me pareció revelador por esos pensamientos pre-púberes en los que me planteaba, ¿y qué pasa si son los ricos los que empiezan a hacer rap protesta? ¿O manifestaciones peleando por lo suyo? ¿Cómo sería?
La respuesta es que no lo harán porque no lo necesitan porque tienen el control del sistema hasta un punto a mi modo de entender alarmante.
En la obra de teatro Lehman trilogy me han hecho caer en un hecho que me parece ilustrativo. Todo el mundo ha oído decir que el capitalismo necesita crisis mayores o menores, para regenerarse y sustentarse. Cuando hubo el crack del 29, hubo un serio intento de planificar la economía, lo que vino a llamarse el New Deal, Keynes ganó la partida a Hayek, se creó el FMI con la intención de ayudar a los estados a pagar sus deudas y éstos, principalmente EEUU, empezaron a garantizar ciertos derechos poniéndose así freno a una etapa de capitalismo financiero salvaje en el que la mayor parte del dinero no existía.
A pesar de ello, y con las nuevas medidas llegaron las crisis del petróleo en los 70, sin ser grandes crisis devastadoras fueron suficiente para que en los 80 cambiara la historia; Thatcher y Reagan llegan al poder e introducen cambios culturales simples, pero por simples como una semilla, consiguieron germinar como un árbol que se convirtió en bosque e hizo que todo el mundo se pensase propietario, capitalista con capacidad para comprar, comprar y comprar...
Fuimos evolucionando con esa mentalidad y el capitalismo financiero volvió a ser libre, cada vez se firmaban más tratados de libre comercio, internet revolucionó las comunicaciones y las formas de producción y llegamos a 2008 cuando tuvimos (¡oh sorpresa!) otra megacrisis como en el 29, ¿y la salida fue como la del 29? No, las políticas que se llevaron esta vez en Europa (otros países ya las habían sufrido) fueron recortar en lo social, desmembrando esos derechos adquiridos. Hemos dado pasitos hacia atrás en lo económico y en España se ve claro con los recortes y sobre todo con la ley laboral de 2011.
Pero no es en lo único que hemos dado marcha atrás: ley de seguridad ciudadana, elitización del acceso a la justicia, límites a la libertad de expresión...
La mejor táctica para que un sistema perdure es incluir a sus críticos en el propio sistema, normalizar la crítica y hacer de su discurso algo cotidiano, la otra, es imponer una cultura que beneficie al propio sistema (eso pasa por defecto).
"...igualdad entre hombres y mujeres, blancos y negros... todos y iguales porque... porque tenemos una cuenta corriente: porque podemos comprar..."
Bajo esos términos que creo ciertos en nuestro sistema, lo que importa es el dinero y nada más, eso nos iguala, frente a la raza, al género, a la religión, a la cultura... No nuestra condición humana. Y eso, está tan interiorizado por el sistema y sus componentes que nos hemos creído que de verdad hemos avanzado. Son sólo palabras pero qué daño pueden hacer. Creemos que hemos avanzado porque ya no esclavizamos a los negros en EEUU, creemos que somos éticos por tener un móvil más decente, porque nuestras camisetas son de comercio justo, ecologistas porque compramos con el sello verde y así... Y no nos preocupa que en realidad estemos esclavizando en África (que así se ve menos), que el sello verde tenga que recorrer miles de kilómetros haciéndolo nada ecológico; porque no sirve de nada un móvil "fair" o camisetas de comercio justo si necesitamos renovarlo cada X meses o pocos años, sólo por estética, sólo por moda, sólo por la última necesidad que exista.
El problema es que esa forma de consumo, se convierte en una moda más como la hipster, la vintage o la pija. Cambiamos en lo superficial el consumo y nos convertimos en otra forma de consumo más friendly.
Ese es el problema, que las palabras son suficiente para que creamos que los hechos dejan de ser los que son, los significantes han destruido y desterrado los significados.
Creemos que hemos mejorado y evolucionado cuando vivimos la segunda crisis migratoria de la historia por guerras y explotaciones que hemos creado como occidentales, creemos que vamos a mejor porque "mira, ya hay más de una opción política" pero no todas tienen las mismas garantías y las que las tienen, sustentan el mismo modelo de producción y consumo. Y así con todo.
Uno podría establecer que no somos racistas cuando acogemos en vez de no acoger, y no cuando acogemos "más que antes", que somos una democracia cuando los pueblos gobiernan de verdad y no cuando decidimos "más que antes", que existe libertad de pensamiento cuando no te encarcelan por lo que piensas y no cuando sólo encarcelan a unos pocos, porque antes de haber grandes faltas y de existir regímenes que cometieron verdaderas atrocidades, siempre hubo otros que defendían el mismo modelo de organización que "lo hacían menos que" el salvaje que vino después.
Se es racista o no, se comenten crímenes contra la humanidad o no, se es demócrata o no, hay cosas para las que no valen las medias tintas, porque en esas medias tintas nos desangramos.
Los significantes vs. significados.
Todo márketing: el racismo ha acabado en EEUU porque un negro gobernó, hay menos guerras porque ya no nos las cuentan (o sólo unas pocas), la Iglesia se renovó porque puso un papa progre, en España hay una coleta revolucionaria que quiere cambiarlo todo para que básicamente volvamos a estar como un poco antes de que todo fuera mal...
Todo es márketing y significantes sin significado, todo es espectáculo, incluso las polémicas como la del monólogo racista de Rober Bodegas: "es que el humor no tiene que tener límites". Es que nadie ha dicho que no te puedas reír de lo que quieras, pero si coges un puñado de estereotipos falsos los presentas como una verdad absoluta sobre una etnia estás haciendo política, perpetúas una situación de vulnerabilidad y eres racista, porque como cómico, también se te puede criticar por racista, no estás exento de crítica. Y entre tanto a nadie le importa una mierda la etnia gitana y su discriminación.
Mucho significante y poco significado, con un único objetivo: mantener el consumo, que sigamos siendo libres... comprando.
Vivimos una revolución, la de los significantes sobre los significados.
P.D.: Galeano lo expresa mucho más bonito en sus libros, léanlos por favor.
Lehman Brothers ci scommette.
“Voto a favore”
All’unanimità.
E avanti allora con il nuovo marketing:
l’importante è vendere,
l’importante è che le casse si riempiano,
l’importante è che la gente compri,
e se “Standard & Poor’s”
ci tiene il termometro fisso sotto il braccio
anche noi ce l’abbiamo un termometro
eccome
e sono i supermercati.
Super store.
Mega store.
Manifesti pubblicitari grandi come case.
E un fiume di soldi che scorre tutti i giorni
come un mare
un oceano
gigantesco
sterminato
di bandiere Coca-Cola
rosse
rosse
rosse come quelle della Russia
rosse come quelle della China
rosse come l’invidia di tutta quella parte di pianeta
che sotto la falce e sotto il martello
si rode
eccome
di non poter comprare
but I have a dream,
yes I have a dream
ed è di vendere prima o poi anche a voi,
vendere
vendere
vendere
a tutti quanti carrelli pieni
senza distinzioni
bianchi e neri
non deve più far differenza:
siamo tutti uguali
perché tutti abbiamo il portafogli
vendere
vendere
vendere senza primi
e senza ultimi senza posizioni
uomini e donne
non deve più far differenza:
siamo tutti uguali perché...
... perché tutti abbiamo un conto in banca
I have a dream,
yes I have a dream
ed è che tutti i soldi d’ora innanzi
siano uguali
sotto il sole
e
non solo sotto il sole,
perché la NASA ci ha chiesto soldi
per mandare un uomo sulla Luna:
I have a dream,
yes, I have a dream
ed è far soldi anche lassù.
Bobbie sorride.
Lehman Brothers in eterno.
Poi si morde il labbro.
Lehman Brothers in eterno.
Bobbie hai capelli bianchi.
Lehman Brothers in eterno.
Ma dopo di me con chi?"
Las luces del teatro se apagan, comienzan los aplausos, la gente empieza a levantarse de su silla para vitorear a seis actores que han llenado las carnes de 138 personajes, 6 de ellos de la familia Lehman, y yo me he quedado absorto en un fragmento de la obra, ese fragmento que me parece tan cierto, ese, que habla de la igualdad entre hombres y mujeres, blancos y negros... todos y iguales porque... porque tenemos una cuenta corriente: porque podemos comprar.
Tomé consciencia por primera vez de lo que es una Revolución leyendo a Gramsci, que no hacía más que reproducir una noción marxista (presente en el Manifiesto Comunista, que se me escapó en su momento) y lo hice porque Gramsci habló del cristianismo, habló de éste como una revolución en el culmen porque había conseguido una hegemonía cultural tal que había cambiado las formas filosóficas, morales e incluso de consumo. Me pareció revelador por esos pensamientos pre-púberes en los que me planteaba, ¿y qué pasa si son los ricos los que empiezan a hacer rap protesta? ¿O manifestaciones peleando por lo suyo? ¿Cómo sería?
La respuesta es que no lo harán porque no lo necesitan porque tienen el control del sistema hasta un punto a mi modo de entender alarmante.
En la obra de teatro Lehman trilogy me han hecho caer en un hecho que me parece ilustrativo. Todo el mundo ha oído decir que el capitalismo necesita crisis mayores o menores, para regenerarse y sustentarse. Cuando hubo el crack del 29, hubo un serio intento de planificar la economía, lo que vino a llamarse el New Deal, Keynes ganó la partida a Hayek, se creó el FMI con la intención de ayudar a los estados a pagar sus deudas y éstos, principalmente EEUU, empezaron a garantizar ciertos derechos poniéndose así freno a una etapa de capitalismo financiero salvaje en el que la mayor parte del dinero no existía.
A pesar de ello, y con las nuevas medidas llegaron las crisis del petróleo en los 70, sin ser grandes crisis devastadoras fueron suficiente para que en los 80 cambiara la historia; Thatcher y Reagan llegan al poder e introducen cambios culturales simples, pero por simples como una semilla, consiguieron germinar como un árbol que se convirtió en bosque e hizo que todo el mundo se pensase propietario, capitalista con capacidad para comprar, comprar y comprar...
Fuimos evolucionando con esa mentalidad y el capitalismo financiero volvió a ser libre, cada vez se firmaban más tratados de libre comercio, internet revolucionó las comunicaciones y las formas de producción y llegamos a 2008 cuando tuvimos (¡oh sorpresa!) otra megacrisis como en el 29, ¿y la salida fue como la del 29? No, las políticas que se llevaron esta vez en Europa (otros países ya las habían sufrido) fueron recortar en lo social, desmembrando esos derechos adquiridos. Hemos dado pasitos hacia atrás en lo económico y en España se ve claro con los recortes y sobre todo con la ley laboral de 2011.
Pero no es en lo único que hemos dado marcha atrás: ley de seguridad ciudadana, elitización del acceso a la justicia, límites a la libertad de expresión...
La mejor táctica para que un sistema perdure es incluir a sus críticos en el propio sistema, normalizar la crítica y hacer de su discurso algo cotidiano, la otra, es imponer una cultura que beneficie al propio sistema (eso pasa por defecto).
"...igualdad entre hombres y mujeres, blancos y negros... todos y iguales porque... porque tenemos una cuenta corriente: porque podemos comprar..."
Bajo esos términos que creo ciertos en nuestro sistema, lo que importa es el dinero y nada más, eso nos iguala, frente a la raza, al género, a la religión, a la cultura... No nuestra condición humana. Y eso, está tan interiorizado por el sistema y sus componentes que nos hemos creído que de verdad hemos avanzado. Son sólo palabras pero qué daño pueden hacer. Creemos que hemos avanzado porque ya no esclavizamos a los negros en EEUU, creemos que somos éticos por tener un móvil más decente, porque nuestras camisetas son de comercio justo, ecologistas porque compramos con el sello verde y así... Y no nos preocupa que en realidad estemos esclavizando en África (que así se ve menos), que el sello verde tenga que recorrer miles de kilómetros haciéndolo nada ecológico; porque no sirve de nada un móvil "fair" o camisetas de comercio justo si necesitamos renovarlo cada X meses o pocos años, sólo por estética, sólo por moda, sólo por la última necesidad que exista.
El problema es que esa forma de consumo, se convierte en una moda más como la hipster, la vintage o la pija. Cambiamos en lo superficial el consumo y nos convertimos en otra forma de consumo más friendly.
Ese es el problema, que las palabras son suficiente para que creamos que los hechos dejan de ser los que son, los significantes han destruido y desterrado los significados.
Creemos que hemos mejorado y evolucionado cuando vivimos la segunda crisis migratoria de la historia por guerras y explotaciones que hemos creado como occidentales, creemos que vamos a mejor porque "mira, ya hay más de una opción política" pero no todas tienen las mismas garantías y las que las tienen, sustentan el mismo modelo de producción y consumo. Y así con todo.
Uno podría establecer que no somos racistas cuando acogemos en vez de no acoger, y no cuando acogemos "más que antes", que somos una democracia cuando los pueblos gobiernan de verdad y no cuando decidimos "más que antes", que existe libertad de pensamiento cuando no te encarcelan por lo que piensas y no cuando sólo encarcelan a unos pocos, porque antes de haber grandes faltas y de existir regímenes que cometieron verdaderas atrocidades, siempre hubo otros que defendían el mismo modelo de organización que "lo hacían menos que" el salvaje que vino después.
Se es racista o no, se comenten crímenes contra la humanidad o no, se es demócrata o no, hay cosas para las que no valen las medias tintas, porque en esas medias tintas nos desangramos.
Los significantes vs. significados.
Todo márketing: el racismo ha acabado en EEUU porque un negro gobernó, hay menos guerras porque ya no nos las cuentan (o sólo unas pocas), la Iglesia se renovó porque puso un papa progre, en España hay una coleta revolucionaria que quiere cambiarlo todo para que básicamente volvamos a estar como un poco antes de que todo fuera mal...
Todo es márketing y significantes sin significado, todo es espectáculo, incluso las polémicas como la del monólogo racista de Rober Bodegas: "es que el humor no tiene que tener límites". Es que nadie ha dicho que no te puedas reír de lo que quieras, pero si coges un puñado de estereotipos falsos los presentas como una verdad absoluta sobre una etnia estás haciendo política, perpetúas una situación de vulnerabilidad y eres racista, porque como cómico, también se te puede criticar por racista, no estás exento de crítica. Y entre tanto a nadie le importa una mierda la etnia gitana y su discriminación.
Mucho significante y poco significado, con un único objetivo: mantener el consumo, que sigamos siendo libres... comprando.
Vivimos una revolución, la de los significantes sobre los significados.
P.D.: Galeano lo expresa mucho más bonito en sus libros, léanlos por favor.

